En el mundo
actual dominado por la aceleración social provocada por los vertiginosos
avances en la ciencia y la tecnología el sentido común (ennoai koinai) ha sido observado con
sospecha. Si bien, puede ser definido como aquel sustrato de evidencias
compartidas que permite la coordinación de la vida social sin la necesidad de
una reflexión crítica constante, para muchos pensadores, este sustrato no solo
es el punto de partida incuestionable de toda reflexión, sino el fundamento que
sostiene nuestra convivencia ética a pesar de que esta está atravesando en el
siglo XXI una transformación con consecuencias impredecibles. Si consideramos que
para Alfred N. Whitehead la filosofía es la unión del sentido común con
la imaginación, esa unión es hoy en día más pertinente cuando la ciencia
contemporánea ha descubierto que la materia es pura energía y actividad[1].
Para reducir esta sospecha, Roland Omnès (1999) consideró, en primer
lugar, que el universo es una relación armónica del
«Uno y Todo» como lo expresó Benedicto de Spinoza
y, en segundo lugar, que las leyes cuánticas, aunque parezcan extrañas,
tienen una convergencia lógica que permite que la realidad macroscópica en
nuestro sentido común siga siendo válida en la misma línea whiteheadana. Ambos
autores le permitieron observar la realidad bajo
una estructura de experimentación que contempla la existencia de «muchos mundos
posibles», es decir, una gama de trayectorias lógicamente coherentes que el ser
humano puede explorar.
La
importancia de esta afirmación para nuestros efectos radica en que en un mundo
cada vez condicionado por la tecnología y, en especial la tecnología cuántica,
la posibilidad de relacionarnos a nivel individual, local y global adquiere una
nueva dimensión que nos obliga a pensar sobre el sentido común desde
otra perspectiva teniendo presente las tensiones políticas que estamos viviendo.
Esta
circunstancia de tener al sentido común como punto de partida nos
permite examinarlo desde dos perspectivas: desde el campo de las ciencias
naturales y desde el campo de las ciencias humanas estableciendo para ello un
anclaje de modo que nos pueda servir para otear en el horizonte del futuro que
se nos presenta teniendo en cuenta que estas dos perspectivas tienden a
unificarse nuevamente bajo un concepto no-antropocéntrico de naturaleza. Por
ello vamos a establecer como anclaje el pensamiento del filósofo y teólogo
granadino Francisco Suárez porque las trazas de su pensamiento pueden
observarse tanto en el mundo hispánico como anglosajón en el plano de la
política y del derecho, luego analizaremos el sentido común desde la
perspectiva de la filosofía de la ciencia, continuaremos con las ciencias
humanas y finalmente auscultaremos en el horizonte para otear en el porvenir y
crear así las condiciones de posibilidad de reducir las tensiones en un mundo
multipolar.
1.-
Francisco Suárez como anclaje ontológico del concepto de sentido común
La Escuela de
Salamanca fue el puente entre el pensamiento medieval y moderno en relación
con el concepto de sentido común. Su importancia para nosotros obedece a
que un filósofo de la citada escuela, Francisco Suárez, como heredero de la
tradición aristotélico-tomista consideró que el sentido común no es solo
una facultad biológica capaz
de conocer los objetos de los sentidos externos en su conjunto (Lombo,
2010:101), sino el fundamento de la ley
natural y la convivencia humana. El filósofo granadino sistematizó estas ideas
en su obra De Legibus (Sobre las Leyes)[2]. Vamos a
examinar el concepto de sentido común de este pensador desde dos
dimensiones: la psicológica (cómo percibimos) y la ética/jurídica
(cómo razonamos colectivamente).
Desde la dimensión
psicológica el sentido común es una facultad interna que Suárez definió como
el «centro» donde se coordinan los datos de los cinco sentidos externos. Esta
facultad, por una parte, tiene como función la de permitirnos distinguir, por
ejemplo, el color de un mango de su olor, y entender que ambos pertenecen al
mismo objeto y, por la otra, contiene las siguientes propiedades:
uno, verdadero y bueno. La importancia que le dio Suárez (1597 [2011]) se basó
en el hecho de que el conocimiento comienza en esta síntesis orgánica para
luego tornarse en algo abstracto. Desde esta perspectiva todos los seres
humanos comparten la misma estructura básica para percibir la realidad y ello establece
una base para el realismo filosófico (DM,
VIII.1.17).
Desde la «razón
natural» el sentido común fue usado por Suárez (1612 [1967]) como
fundamento para establecer principios universales que sirviesen para abordar
problemas nuevos como el derecho de los indígenas americanos o el creciente comercio
internacional. Desde esta perspectiva correlacionó el
sentido común con la Ley Natural: en primer lugar, como principio
autoevidente, es decir, Suárez consideró que existen verdades morales que son
evidentes para cualquier persona que use su razón de manera normal. A esto lo denominó
sentido común en el habla cotidiana: el juicio básico sobre lo que es
justo o injusto y, en segundo lugar, como Consensus Gentium,
esto es, si todas las personas y los pueblos, a pesar de sus diferencias
culturales, llegan a conclusiones similares (por ejemplo, que no se debe matar
al inocente), es porque hay un sentido común o razón compartida que
emana de la misma naturaleza humana.
Considerando
estas dos dimensiones se puede afirmar que el sentido común para el
filósofo granadino es, entonces, la recta razón actuando sobre
principios morales evidentes. Esta
conceptualización contribuyó a formar las ideas modernas que después se
impusieron en la humanidad de forma directa e indirecta y están siendo
retomadas de nuevo debido a la crisis de la modernidad.
Teniendo
esto presente la contribución de Francisco Suárez en relación con el concepto
de sentido común se puede articular en dos vertientes: el derecho de
gentes (Ius Gentium) y la idea de que el poder político reside en
el pueblo. Sobre el derecho de gentes, Suárez (1612 [1967]) distinguió
entre la ley natural (que es inmutable) y el derecho de gentes. El derecho de
gentes, según él, nace de la costumbre y el sentido común de los
integrantes de las comunidades políticas. Es una razón práctica aplicada
a la política internacional. Estas ideas serían retomadas, en parte, por Hugo
Grocio y le servirán para contribuir a configurar el orden político que se
instaurará en Europa con la Paz de Westfalia en 1648.
Con respecto
a la idea de que el poder reside en el pueblo, Suárez expresó que contrario a
la idea del derecho divino de los reyes, el sentido común permite afirmar
que, por naturaleza, todos los hombres nacen libres. El poder político no cae
del cielo, sino que es otorgado por la comunidad basándose en la necesidad
racional de ser gobernados para el bien común a partir de la alienación
voluntaria de la soberanía absoluta del pueblo. Este bien común nos conduce al
plano de la ciencia.
2.- El sentido
común y la filosofía de la ciencia
Desde la
filosofía de la ciencia vamos a examinar el sentido común desde tres
perspectivas: una en contra defendida por Gastón Bachelard quien lo consideró
como el primer obstáculo epistemológico y dos a favor, es decir, Karl Popper
quien partió del criterio de que la
ciencia, la filosofía y el pensamiento racional deben fundamentarse en el sentido
común a pesar de considerarlo inconsistente, vago y cambiante, muchas veces
adecuados y verdaderos, pero otras veces inadecuados o falsos debido a que
proviene de los instintos y los juicios de individuos basados en los
sentimientos o la tradición, y Roland Omnès desde una lectura cuántica.
Bachelard (1938
[2000]) expresó que «la opinión piensa mal y traduce necesidades en
conocimientos» y, por tanto, no surge como una continuación del
conocimiento común. El espíritu científico, en estas circunstancias, debe
realizar una ruptura radical con lo cotidiano para poder construir un saber
objetivo. Las ciencias «rompen abiertamente con el conocimiento vulgar» porque
nuestras intuiciones y experiencias inmediatas son lo que él llamó «obstáculos
epistemológicos: barreras que impiden la formación de un verdadero espíritu científico».
De ahí la necesidad de formarse reformándose a sí mismo en contra de
estas ‘seductoras’, pero engañosas certezas que ofrece el conocimiento vulgar.
Además de ello, Bachelard (1938 [2000]) introdujo el
concepto de fenomenotécnica para explicar que la ciencia no solo observa
la realidad, sino que la produce. Es decir, un termómetro no se limita sólo
a medir una sensación térmica cualquiera, sino también crea el fenómeno de la ‘temperatura’
como un concepto objetivo y preciso, rompiendo con la sensación subjetiva de ‘frío’
o ‘calor’. La ciencia, en este sentido, construye activamente una nueva
realidad para poder estudiarla. Esto ha redefinido el progreso científico. No
es una simple acumulación de datos, sino una lucha constante por superar
nuestras formas habituales de pensar.
Karl Popper,
por su parte, consideró que el conocimiento científico debe ser una ampliación
o desarrollo del sentido común. Este fundamento popperiano del sentido
común se debió a que él no se planteó construir un sistema teórico
consistente sobre algún fundamento inamovible e indubitable dentro de un contexto
de avances científicos. Para Popper (1988), partiendo de la idea del cambio y
de la evolución «Toda ciencia y toda filosofía son sentido común esclarecido»,
con lo cual, todo sentido común y todo conocimiento científico puede ser
criticado, corregido o rechazado en una suerte de escepticismo dinámico (pág., 42). A partir de esta consideración surgieron los
lineamientos básicos de lo que denominó la filosofía crítica del sentido
común. Al ser un punto de partida el sentido común, aun desde una posición
crítica por ser de carácter conjetural, posee una carga teórica anticipatoria a
partir de disposiciones innatas o a priori que puede ayudar a que un ser
funcione en el mundo desde un enfoque realista. Desde esta perspectiva,
partiendo de un realismo científico, Popper expresó que
«… está muy claro que no sobreviviremos si nuestras
acciones y reacciones están mal ajustadas al medio. Puesto que las creencias
están íntimamente ligadas a las expectativas y a la disposición a actuar,
podemos decir que nuestras creencias más prácticas están más próximas a la
verdad en la medida en que sobrevivimos. Así se erigen en la parte más
dogmática del sentido común que, aunque no sea en absoluto fiable,
verdadero o cierto, constituye siempre un buen punto de partida» (1994: 72).
Es
decir, se parte del ensayo y del error o de hacer conjeturas e intentar refutarlas
a partir de un proceso que tiene por finalidad buscar y encontrar regularidades
o patrones. Desde esta perspectiva, el conocimiento de sentido común es
semejante a la estructura básica de adquisición de conocimiento que históricamente
hemos heredado.
Como
hemos indicado, la ciencia y el sentido común, más allá de las tensiones que
mantiene, tienen diferentes alcances, métodos y objetivos, pero teniendo
presente que el sentido común desempeña
un papel fundamental porque ayuda a tomar decisiones racionales y comprender
las implicaciones de las teorías científicas sobre todo cuando hay que dar
cuenta de la realidad. Estas circunstancias explican de suyo el surgimiento del
realismo científico puesto que, así como vimos en la introducción en la
apelación que hizo Omnès al sentido común, los realistas científicos apelan al sentido común
para justificar su posición desde una perspectiva anti-escéptica, y podemos
decir pragmática, debido a que la ciencia investiga una realidad objetiva que
existe independientemente de la actividad cognitiva humana. Como el resultado
de la investigación científica efectiva es el conocimiento, las investigaciones
apuntan a las entidades inobservables cuya conducta es responsable de la
conducta de las entidades observables debido a que el conocimiento científico
no está restringido a un ámbito observable o fenomenal, es decir, se extiende a
la naturaleza subyacente de la realidad al identificar las causas inobservables
de los fenómenos observados. Por ello, Sankey (2010) expresó que el realismo
acerca de las entidades inobservables es una extensión natural del realismo
acerca del sentido común (pág., 48-49).
Para Roland Omnès (1999) el sentido
común puede ser fundamentado sobre bases científicas y filosóficas firmes. Para
ello, partió del enfoque de las historias consistentes y el efecto de la
decoherencia. En relación con las historias consistentes expresó que la
mecánica cuántica debe entenderse como una teoría de las probabilidades de
secuencias de eventos y, por tanto, es una sucesión de propiedades que ocurren
en tiempos definidos y no generan contradicciones. Por su parte, la
decoherencia es el proceso irreversible por medio del cual la interacción de un
sistema macroscópico con su entorno destruye las interferencias cuánticas de
manera casi instantánea. La decoherencia, en este sentido, actúa como el puente
que transforma la multiplicidad de posibilidades cuánticas en la unicidad de
los hechos macroscópicos.
Teniendo esto presente, Omnès (1999) realizó
una distinción entre el «sentido común intuitivo» del «sentido común lógico»
para indicar que la lógica que sustenta nuestras acciones cotidianas es un caso
especial y derivado de la lógica cuántica universal. Desde esta perspectiva,
según él, el sentido común y la mecánica cuántica no son incompatibles,
al contrario, el primero es la manifestación macroscópica de la segunda.
Omnès (1999) agregó que la consistencia
de la teoría de las probabilidades se debe a la existencia de leyes de la
naturaleza que son expresables matemáticamente y, por tanto, son expresión de las
leyes que gobiernan el universo y sus partículas. Desde esta perspectiva,
como el cerebro humano ha interiorizado por evolución el logos matemático cuando
razonamos matemáticamente o mediante un sentido común ejercitado estamos
operando en sintonía con la estructura fundamental de la realidad. Esta
estructura de la realidad observada como una «historia de relaciones de
medición» en términos procesuales le permitió, por una parte, introducir la
noción de praxis para indicar la existencia de un estado objetivo
de un sistema cuyas potencialidades se definen contextualmente en lo que se
conoce como «Realismo Relacional» y, por la otra, considerar lo local y lo no
local como mutuamente implicados y posibles de ser ordenados lógicamente en una
red de eventos-relación históricamente seriados. Estos dos aspectos lo
consideramos de sumo interés para considerar el sentido común desde lo
individual, lo grupal, lo local, lo regional (multipolar) y lo global. Esto nos
conduce al plano de las ciencias humanas.
3.- El
sentido común y las ciencias humanas
Hans-Georg Gadamer
(2003) expresó que
la naturaleza de las ciencias del espíritu se puede entender mejor desde la
tradición humanista que de la idea moderna de la ciencia puesto que así se
puede superar el extrañamiento del hombre respecto del mundo que produce la
conciencia metódico-científica. Para ello se apoyó en el pensamiento de Giambattista
Vico para rescatar el sensus communis como una virtud social.
Vico lo definió como un «juicio sin reflexión compartido por todo el género
humano». Gadamer, yendo más allá, expresó que el sentido común es el
sentido que funda la comunidad, es decir, no «es sólo cierta capacidad general
sita en todos los hombres, sino al mismo tiempo el sentido que funda la
comunidad». Además, agregó que «es el sentido de lo justo y del bien común que
vive en todos los hombres, más aún, un sentido que se adquiere a través de la
comunidad de vida y que es determinado por las ordenaciones y objetivos de ésta»
(pág., 50-52).
Para
Gadamer (2003), siguiendo la estela dejada por
Heidegger, el sentido común es un saber históricamente
legado por la tradición que nos permite conducir nuestras acciones en el seno de una
cultura. Esto es así debido a que las ciencias del espíritu al tener
como objeto la existencia
moral e histórica del hombre tal como se configura en sus hechos y obras, está
a su vez determinada por el mismo sensus communis (pág., 52). El concepto
de tradición, es decir, una forma de autoridad consagrada por prácticas
provenientes del pasado, que se han hecho anónimas y que determinan nuestra
acción, comportamiento e instituciones es «fundamental para la comprensión de
la mediación histórica, pues a partir de él se puede describir la comprensión
como interpenetración del movimiento de la tradición y del movimiento del
intérprete». La mención de Heidegger aquí obedece a
que Omnès consideró, siguiendo también al filósofo alemán, que la ciencia y la
técnica son expresión de la condición existencial del «ser-ahí» (Dasein)
y ello lo analizó en obras como La época de la imagen del mundo y La
pregunta por la técnica. Con esta acotación entendemos que Omnès, así como Gadamer
siguiendo otro derrotero, buscó la superación del extrañamiento provocado por
la ciencia y la técnica.
Si bien el sentido común puede, por una parte, ser
incoherente, inconsistente, engañoso o parcial, por ser expresión de prejuicios
según lo dicho por el propio Gadamer, y puede limitarnos a cuestionar o ampliar
nuestra concepción del mundo y, por la otra, puede ser manipulado o impuesto
por el poder, la tradición o la costumbre, que nos pueden condicionar a aceptar
lo que nos dicen o exigen sin cuestionarlo es también una base
para imaginar y reconstruir ideas que nos permiten vivir en comunidad. Es lo
que nos permite ponernos en el lugar del otro y alcanzar una solidaridad ética
y una justicia compartida. Roger Scruton siguió esta línea de pensamiento.
Roger Scruton
(2014) defendió el sentido común como el acceso primario al mundo de la
vida (Lebenswelt) desde un realismo directo donde las creencias
perceptuales básicas se aceptan como puntos de partida no negociables que
sirven para la toma de decisiones política y ética, especialmente en casos
donde la razón científica no puede ofrecer respuestas definitivas. Su idea del sentido
común se encuentra
«… en lo que las personas ordinarias
podrían decir que están involucradas cuando lidian, sin el beneficio de ningún
tipo de entrenamiento filosófico especial, de una manera relativamente
abstracta, con ciertos problemas que les conciernen… [y]… No podemos reemplazar
nuestros conceptos cotidianos más básicos por nada más útil que ellos mismos,
ya que evolucionaron bajo la presión de las circunstancias humanas y en
respuesta a las necesidades de generaciones».
Su tesis alineada
con el pensamiento de Gadamer sugirió que el sentido común es relevante para
nosotros debido a que se produce a través de la articulación de la filosofía
analítica, la fenomenología continental y la tradición política conservadora. Si bien no niega los avances científicos, sostiene que son
incapaces de captar la Lebenswelt debido a que mientras que la
ciencia reduce al ser humano a un organismo biológico o una «máquina de genes»,
el sentido común nos permite reconocer al otro como una persona.
Desde la
perspectiva política Scruton (2018) asumiendo una posición conservatista
expresó que esta posición parte del ‘instinto’ compartido por la gente común
para abrazar el mundo tal como es y trata el cambio con un escepticismo
saludable ante la ley de las consecuencias imprevistas. Por ello, sostuvo que
debemos aceptar el sentido común que proviene de nuestros antepasados y
desconfiar sanamente de las ideas nuevas y artificiosas que buscan desplazar la
sabiduría recibida debido a que se fundamenta en el «conocimiento práctico» que
dota a los seres humanos de la capacidad de ejercer su libertad de manera
responsable. La nación según Scruton es un «subproducto de la vecindad humana»
moldeado por innumerables acuerdos entre personas que comparten un territorio,
un idioma y una historia. Por ello, el sentido común nacional es un
‘nosotros’ territorial que permite la rendición de cuentas mutua dentro de un
contexto republicano.
Este
‘nosotros’ nacional desde una lectura conservatista permite considerar el
pensamiento scrutoniano con la escolástica tardía de Francisco Suárez y con el
concepto de «sentido común lógico» de Omnès. En relación con Suárez debido a
que, para ambos, el sensus communis implica que el
conocimiento humano no comienza con la duda radical, sino con un acto de
confianza natural en nuestras facultades y en la estructura del mundo que se
expresa a través de una sabiduría heredada que permite crear una imagen
coherente del orden social. Los otros puntos de encuentro se ubican en, primer
lugar, en la teoría de la ley natural y las limitaciones del poder, en segundo
lugar, en la comunidad política y el contrato social y, en tercer lugar, el
bien común.
El concepto suareciano de ley natural es
el antecedente directo de la noción de orden objetivo de Scruton que subyace a
la defensa de las instituciones tradicionales. Suárez (1612
[1967]) definió la ley natural como la participación de la ley eterna en la
criatura racional y refleja la naturaleza misma de las cosas. Dios manda
lo que es bueno porque es intrínsecamente bueno para la naturaleza humana, y lo
prohíbe porque es intrínsecamente dañino. Esta concepción de la ley natural
tiene importantes implicaciones políticas debido a que, dada la existencia de una
ley superior a la voluntad del gobernante, entonces el poder político está
intrínsecamente limitado por la moral y el bien común. El filósofo
granadino expresó que el poder político reside originalmente en el pueblo como
comunidad orgánica, y que este lo delega en el gobernante para el cumplimiento
de la ley natural y la búsqueda del bien común. El concepto de «valores objetivos»
de Scruton (2014) al igual que la ley natural suareciana proporciona un fundamento
estable para juzgar la justicia de las leyes humanas considerando la «moralidad
tradicional» enraizada en la naturaleza humana y en la experiencia histórica.
Suárez y
Scruton coincidieron también en una visión orgánica y asociativa de la
comunidad. Ambos observaron a la sociedad política como el desarrollo natural
de las inclinaciones humanas hacia la cooperación y el bien común. Suárez (1612
[1967]) denominó la communitas perfecta a la sociedad civil
que posee todos los medios necesarios para su propia preservación y para el
florecimiento de sus miembros mucho antes de que exista un gobernante por tanto
él debe respetar el orden establecido. El contrato social es un acto por el
cual una multitud de individuos se une para formar un orden místico y político.
Para Scruton, la comunidad política también se basa en una red de lealtades
prepolíticas, afectos compartidos y una historia común. Al igual que la communitas
perfecta de Suárez, el Estado scrutoniano es una comunidad de destino
que protege los bienes comunes —como el paisaje, la cultura y la ley— para las
generaciones futuras.
En relación
con el bien común Suárez y Scruton coincidieron en que es algo que surge de la
vitalidad de las asociaciones intermedias debido a que es una cualidad del
cuerpo social en su conjunto. La sociedad, en este sentido, es una
jerarquía de comunidades: la familia, la aldea, el gremio y, finalmente, el
Estado. Cada una de estas comunidades tiene su propio ámbito de autonomía y su
contribución específica al bien común. El papel del Estado es coordinar
estas partes para el beneficio del todo, no suplantar sus funciones. Desde esta
perspectiva, el bien común para Suárez consiste en un orden de paz y justicia
que permite a cada individuo y a cada familia alcanzar su fin natural y
sobrenatural. Es decir, en una sociedad entendida como un organismo
compuesto por partes vivas, la salud del todo depende de la vitalidad y la
autonomía de sus miembros constituyentes.
Desde la
perspectiva del «sentido común lógico» observamos
en Omnès un esfuerzo consciente por elevar las capacidades del ser humano para
que esté a la altura de las circunstancias del mundo de hoy caracterizada por
una aceleración de los procesos sociales, es decir, la aceleración del Lebenswelt
impulsada por el cambio tecnológico. Esto implica un gran esfuerzo formativo
para hacer viable esta tesis. Creemos que Scruton no sintió esta aceleración ni
sus consecuencias visibles en lo concerniente al desarrollo de la Inteligencia
Artificial Generativa y, en general, del transhumanismo, pero los esfuerzos que
hoy en día se están realizando para establecer controles indica que el sentido
común está operando, en parte, globalmente. Esto nos coloca en el mundo de
hoy y el del porvenir.
4.- El
horizonte cosmopolita del sentido común en el nuevo multipolarismo
Desde el sentido
común hemos podido observar que la realidad no es una construcción
arbitraria de la voluntad, sino una estructura histórica dotada de sentido y
propósito que el ser humano debe reconocer y habitar. Por ello, más allá de ser
un obstáculo a superar para el científico o como la piedra angular de la
justicia para las ciencias del espíritu, el sentido común en el mundo de
hoy es lo que nos define como seres que compartimos una realidad que nos
permite pensar moralmente en una nueva ontología de la complejidad. Este hecho,
con la ayuda de Omnès, nos obliga a pensar en un sentido común a partir
del supuesto de que el mundo multipolar es la expresión política de la mecánica
cuántica, es decir, visualizamos un sentido común cosmopolita que acepte
la paradoja y la incertidumbre como fundamento de la convivencia dentro de un
contexto de aceleración social.
Desde la
perspectiva multipolar hoy en día podemos hablar de superposición y
entrelazamiento en el ámbito de la geopolítica: por una parte, un país puede
estar geopolíticamente superpuesto en la órbita comercial de China, en la
órbita de seguridad de EE.UU. y en la órbita cultural europea y, por la otra, lo
que sucede en el mercado petrolero en Irán puede afectar simultáneamente a la
inflación en el extremo oriente debido al entrelazamiento de las economías. Es
una interdependencia no local. Estos dos principios cuánticos hacen que el
cosmopolitismo se haya convertido en una necesidad lógica debido a la exigencia
de cumplir con estándares globales y una gestión ética que trasciende fronteras.
Esta situación nos hace pensar que si la realidad está entrelazada
(cuánticamente) y el poder está distribuido de forma superpuesta (multipolarmente),
el cosmopolitismo puede ser observado como el conatus necesario para que
el sistema no colapse debido a que nos encontramos en una «lógica de las
relaciones». Es aquí donde el «sentido común lógico»
adquiere un importante grado de consistencia. No se trata de borrar las
culturas a partir de la fuerza atractora de un polo de poder, sino de comprender
que somos nodos en una red donde el daño a uno (o el auto-daño) es, literalmente,
el daño al sistema completo. Desde esta perspectiva, el cosmopolitismo visto
como un armonizador de las diferencias tanto desde la perspectiva vertical (lo
global y lo local) como horizontal (entre polos) lo observamos como el nuevo sentido
común global de una humanidad que ha descubierto que solo existe la lógica
de la relación. El sentido común lógico es la lógica de las
relaciones.
Desde la
perspectiva vertical hemos dicho que, en primer lugar, Suárez habló acerca de
la «Communitas Humana». En este sentido, la soberanía de los estados, en términos
multipolares no es absoluta. Existe un Ius Gentium (Derecho de Gentes)
que es el «sentido común jurídico». Esto lo observamos también en el
pensamiento de John Rawls. Ahora bien, la relación entre estados es una
necesidad natural no es un contrato y, por tanto, hay un entrelazamiento en el
sentido de que lo que una nación hace afecta lógicamente, siguiendo a Omnès, a
la «salud» del orden místico de la humanidad. Y, en segundo lugar, Scruton
desde una concepción local podría pensarse en un «vecindario de hogares» considerando
el cosmopolitismo «con rostro», es decir, ser un anfitrión que respeta
el hogar del otro: una red Oikophilica global. Esto nos coloca en dos
perspectivas: una estructural, es decir, un «campo de fuerza común» basado en la
unidad de la especie (cosmopolitismo) y otra estética donde el «sentido común
lógico» nos dicta que la multipolaridad es razonable para proteger la
diversidad del “hogar” humano y promover el desarrollo considerando múltiples
opciones desde una estructura equilibrada. Este equilibrio que considera lo
global y lo local en una suerte de sentido común global nos permite examinar
la idea de los ‘justo’.
John Rawls (1999)
hizo un esfuerzo para extender al ámbito internacional los principios de
justicia que, según el autor, se practican en aquellas sociedades que poseen un
orden razonablemente justo (pág., 17-18). Él no hizo mención a “estados” (que buscan
solo su interés), sino de ‘Pueblos’ debido a que buscó hacer una distinción entre sociedad y Estado
haciendo a la primera susceptible de gozar de los beneficios de seguir los
principios de razonabilidad propuestos por el autor (pág., 29). Su objetivo no fue
la fundación de un Estado mundial bajo la idea de la ciudadanía mundial, sino
describir las características base, los principios y las normas sobre las
cuales es posible construir contractualmente una relación entre los pueblos
(pág., 32). Un pueblo, para Rawls, tiene un carácter moral y una cultura que lo
define que permite pensar no sólo en la oikophilia scrutoniana a pesar
de que el filósofo estadounidense establece una jerarquía de pueblos a partir
del respeto de los derechos humanos y la tolerancia, sino también, desde la
perspectiva del sentido común lógico, en la existencia de una pluralidad
de formas de vida. Además de esta acotación el filósofo estadounidense consideró
otro de los aspectos que permite pensar en una confluencia de los autores antes
mencionados como lo es el Deber de Asistencia a los pueblos en
condiciones más desfavorecidas sin afectar la cultura local del receptor. Esta
propuesta rawlsoniana nos trae al presente y al futuro cuando debemos pensar el
sentido común en un mundo caracterizado por la existencia de varios centros
de poder con diferentes cosmovisiones tendencialmente antagónicas en un
contexto signado por la intensificación de una interconexión cosmopolita
mediada por las tecnologías información y comunicación que fragmentan la
percepción de la realidad.
Si
consideramos que el sentido común es el fundamento de la ley natural y de
la convivencia humana a pesar de la pluralidad de derroteros existentes es
posible pensar el cosmopolitismo como una nueva forma de sentido común
no a partir de la relación entre lo local y lo global, sino entre lo local, lo
regional y lo global, como dijimos, desde una perspectiva lógica y relacional.
Desde este enfoque consideramos la existencia de una relación recíproca entre
cosmopolitismo y sentido común, es decir, el cosmopolitismo puede ayudar
a construir el sentido común global apoyándose en las tecnologías de
información y comunicación y el sentido común global puede reducir los conflictos.
El sentido común lógico y relacional puede ser, entonces, el fundamento
de una paz perpetua que, como pensó Kant, sea el resultado del despliegue de
una racionalidad humana enriquecida por todas las culturas de la Tierra.
5.- Escolio
Al
correlacionar la obra de Francisco Suárez con el pensamiento de Roger Scruton y
Roland Omnès complementado con las propuestas de otros autores contemporáneos en
torno al concepto de sentido común se hace evidente que el conservatismo
no es una idea estática, sino una tradición viva que busca preservar las
condiciones del desarrollo humano frente a los desafíos cambiantes del presente
y del porvenir. Ello plantea de forma actualizada preguntas que siempre deben
ser realizadas acerca de qué preservar y qué cambiar en un contexto altamente
dinámico y por qué para evitar consecuencias lamentables en el futuro por venir.
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