miércoles, 22 de julio de 2026

UNA SOCIEDAD JUSTA, NO ASISTENCIALISTA LECCIONES DE LEE KUAN YEW PARA UNA VENEZUELA DE OPORTUNIDADES

  



Por Gustavo Sosa Larrazábal 

Introducción

Hace poco más de sesenta años, dos países situados en extremos opuestos del planeta parecían destinados a recorrer caminos muy distintos.

El primero de ellos, llamado Singapur, es una pequeña isla del sudeste asiático, que dejó de ser colonia británica en 1963 y se convirtió en un Estado soberano el 9 de agosto de 1965. Su geografía carece de recursos naturales, con una población diversa compuesta por el 75% de chinos, el 15% de malayos y el 10% de nativos de la India. Su territorio inicial era de 581 Km2, que con el tiempo ha ganado unos 150 Km2, por reclamación de tierras, sin materias primas ni minerales, sin tierras agrícolas y sin autosuficiencia de agua. Todas estas condiciones auguraban un futuro incierto. El único recurso real con el que contaban no estaba bajo tierra, sino el mapa: su ubicación estratégica en la entrada del Estrecho de Malaca, donde se cruzan las rutas marítimas más importantes del planeta, que conectan el Océano Índico con el Océano Pacífico.

El otro país era una nación privilegiada por la naturaleza, llamada Venezuela, con vastas reservas de petróleo, abundantes recursos minerales, tierras fértiles y una ubicación estratégica en el norte de América del Sur.

Pocos habrían imaginado entonces que esa pequeña isla terminaría convirtiéndose en una de las economías más desarrolladas de nuestro planeta, mientras la nación rica en recursos naturales enfrentaría una completa quiebra económica e institucional.

La diferencia entre ambos países no estuvo determinada por la geografía ni por la suerte. Tampoco puede explicarse únicamente por sus recursos naturales. La verdadera diferencia radicó, sobre todo, en las decisiones que tomaron sus dirigentes y en los valores que lograron fortalecer dentro de la sociedad.

Estas notas no pretenden afirmar que Venezuela deba convertirse en una copia de Singapur. Sería un error. Cada país posee una historia, una cultura y una realidad propias. Las soluciones que funcionaron en una nación no pueden trasladarse mecánicamente a otra.

Sin embargo, sí es posible aprender, adaptar y aplicar ciertos principios rectores en el gobierno de un país, tal como lo describe Lee Kuan Yew, Primer Ministro de Singapur durante más de tres décadas, en su libro “From Third World to First” (Del Tercer Mundo al Primero). Él dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre esos principios. Entre ellos destaca uno que sigue siendo motivo de debate en muchas democracias: la diferencia entre construir una sociedad justa o construir una sociedad basada en la dependencia permanente del Estado.

La expresión que da título a este ensayo — Una sociedad justa, no asistencialista — resume un principio sencillo pero profundo. Una sociedad verdaderamente justa no es aquella donde el gobierno resuelve todos los problemas de sus habitantes, sino aquella que crea las condiciones para que ellos puedan resolverlos por sí mismos, mediante la educación, el trabajo, el ahorro, el esfuerzo individual, colectivo y el respeto por la ley.

Esta afirmación suele generar incomodidad. Algunos la interpretan como un llamado a reducir la solidaridad con quienes más lo necesitan. No lo es. Una sociedad justa protege a quienes atraviesan momentos difíciles y procura que nadie quede abandonado. La diferencia está en el propósito de esa ayuda. Su objetivo no debe ser crear dependencia, sino abrir nuevamente el camino hacia la autonomía productiva.

Este principio resulta especialmente relevante para Venezuela, que durante décadas disfrutó de una riqueza petrolera extraordinaria que permitió financiar amplios programas sociales y un Estado todopoderoso, cada vez más presente en la vida económica del país. Algunas de esas iniciativas respondieron a necesidades reales que mejoraron temporalmente las condiciones de vida de la población. Sin embargo, también surgieron prácticas que fomentaron la dependencia de la renta petrolera, el clientelismo, la corrupción y la expectativa de que el Estado podía resolver, por sí solo, los problemas individuales y colectivos.

La experiencia de Singapur invita a plantear una pregunta distinta: ¿cómo construir una sociedad donde el principal patrimonio de cada ciudadano no sea un subsidio del gobierno, directo o indirecto, sino su capacidad para crear, trabajar, ahorrar, innovar y progresar?

Responder a esa pregunta exige mirar más allá de las diferencias políticas. Requiere fortalecer las instituciones, proporcionar educación de calidad a todos los niveles, exigir responsabilidad directa e indirecta, premiar el mérito, generar confianza y premiar la productividad. En otras palabras, exige concentrarse en aquello que hace posible el desarrollo sostenible.

Las páginas que siguen no ofrecen recetas infalibles ni soluciones instantáneas. Tampoco buscan idealizar la experiencia de Singapur. Su propósito es más modesto y, al mismo tiempo, más ambicioso: invitar al lector venezolano a reflexionar sobre los principios que pueden ayudar a construir una sociedad donde, las oportunidades sean más importantes que las dádivas, y donde la prosperidad nazca del esfuerzo compartido entre ciudadanos e instituciones. A continuación, se presenta el esquema que vamos a seguir en esta investigación: (1) ¿Qué es una sociedad justa?, (2) los límites del asistencialismo, (3) meritocracia: el motor del progreso, (4) educación: la verdadera igualdad de oportunidades, (5) trabajo, Estado y solidaridad: los pilares de una sociedad libre y (6) Conclusiones.

Si al finalizar este ensayo el lector concluye que el verdadero desarrollo comienza cuando una nación decide confiar en la capacidad de su gente y fortalecer las instituciones que hacen posible ese esfuerzo, entonces estas páginas habrán cumplido su propósito.

1.- ¿Qué es una Sociedad Justa?

¿Qué hace que una sociedad sea verdaderamente justa? Durante décadas, el debate político ha girado en torno a la distribución de la riqueza. Para algunos, la justicia consiste en que el Estado garantice a todos sus ciudadanos un determinado nivel de bienestar mediante subsidios, transferencias y programas sociales. Para otros, una sociedad justa es aquella que ofrece a cada ciudadano la libertad y las oportunidades necesarias para construir su propio futuro.

Este conciso ensayo sostiene que la justicia social no puede basarse en la dependencia permanente del Estado. La función de una sociedad justa es crear las condiciones para que cada individuo pueda desarrollar plenamente sus capacidades mediante la educación, el trabajo, el esfuerzo y el mérito.

Ello no significa abandonar a quienes enfrentan circunstancias extraordinarias. Toda sociedad tiene la obligación moral de proteger a quienes, temporal o permanentemente, no pueden valerse por sí mismos. Sin embargo, convertir la asistencia en una política permanente termina debilitando la iniciativa individual, reduciendo la productividad y afectando el crecimiento económico.

La experiencia venezolana constituye un ejemplo elocuente. Durante años, el Estado sustituyó progresivamente la cultura del trabajo y del mérito por una política basada en subsidios, controles, nepotismo y dependencia económica. El resultado fue el deterioro de las instituciones, la disminución de la producción, el empobrecimiento general de la población y una creciente pérdida de oportunidades para millones de ciudadanos.

Frente a esa realidad, este ensayo propone una concepción distinta de la justicia social: una sociedad que garantice la igualdad de derechos y de oportunidades, proteja a los más vulnerables y, al mismo tiempo, promueva la responsabilidad individual, el emprendimiento y la creación de riqueza como fundamento del bienestar colectivo.

Con frecuencia se identifica la justicia con la igualdad de resultados. Sin embargo, las personas poseen talentos, aspiraciones, capacidades y circunstancias diferentes. Pretender que todos alcancen exactamente el mismo nivel económico no solo resulta irreal, sino que suele exigir una intervención estatal que limita la libertad y desincentiva el esfuerzo.

Una sociedad justa no garantiza resultados idénticos; garantiza reglas iguales para todos. Su propósito es ofrecer a cada ciudadano la posibilidad real de progresar mediante su trabajo, su preparación y su iniciativa, sin privilegios ni discriminaciones.

La igualdad de oportunidades constituye el fundamento de esta visión. Todos deben tener acceso a una educación de calidad, protección jurídica, instituciones imparciales y un entorno donde el mérito pueda desarrollarse. A partir de allí, serán las decisiones individuales, el esfuerzo y la perseverancia, los que expliquen buena parte de las diferencias en los resultados obtenidos.

La justicia también exige responsabilidad. Los derechos y los deberes son inseparables. Una sociedad donde los ciudadanos esperan que el Estado resuelva permanentemente sus necesidades termina debilitando la iniciativa personal y trasladando al poder político responsabilidades que corresponden a cada individuo, a las familias y a la sociedad civil.

Esto no significa ignorar las desigualdades ni las dificultades que enfrentan muchas personas. Existen circunstancias —como una discapacidad, una enfermedad grave o una catástrofe natural— que justifican plenamente la intervención solidaria del Estado y de la sociedad. Pero esas excepciones no deben convertirse en el modelo permanente de organización económica y social.

En definitiva, una sociedad justa es aquella que protege la dignidad humana, garantiza la igualdad ante la ley, amplía las oportunidades de progreso y reconoce el mérito como principal mecanismo de movilidad social. Solo así es posible construir una comunidad de ciudadanos libres, responsables y capaces de generar prosperidad para sí mismos y para las generaciones futuras.

2.- Los Límites del Asistencialismo

La ayuda social es una expresión necesaria de solidaridad en cualquier sociedad organizada. Un Estado responsable debe proteger a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad y garantizar que ninguna persona quede abandonada frente a circunstancias que superan sus posibilidades individuales.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre la solidaridad temporal y el asistencialismo permanente. La primera busca ayudar a una persona a superar una dificultad circunstancial; la segunda convierte esa ayuda en una forma de dependencia duradera.

Cuando los programas sociales dejan de ser instrumentos para recuperar la autonomía y se transforman en mecanismos permanentes de control político, sus efectos terminan siendo contrarios al objetivo inicial. Una población que depende del Estado para satisfacer sus necesidades básicas pierde incentivos para desarrollar sus capacidades productivas y limita sus posibilidades de progreso independiente.

La historia demuestra que ningún país puede sostener indefinidamente el bienestar de sus ciudadanos únicamente mediante la distribución de recursos públicos. Primero debe existir una economía productiva capaz de generar riqueza, empleo e ingresos. Sin producción no hay verdadera prosperidad; solo existe una distribución temporal de recursos, que cada vez resultan más escasos.

El caso venezolano refleja claramente esta realidad. Durante años, una parte importante de la política pública se orientó hacia la distribución de beneficios financiados por los ingresos petroleros, mientras se debilitaban las bases productivas del país. Al reducirse la capacidad económica del Estado, millones de ciudadanos quedaron expuestos a una crisis profunda porque no se había fortalecido suficientemente su capacidad para generar ingresos propios.

Una sociedad justa debe combinar protección social con promoción de la autonomía. La ayuda debe ser una herramienta para superar obstáculos, no un sustituto permanente del esfuerzo, el trabajo y la responsabilidad individual.

En conclusión, el verdadero objetivo de la política social no debe ser crear ciudadanos dependientes del Estado, sino ciudadanos capaces de participar plenamente en la economía y en la vida nacional.

3.- Meritocracia: El Motor del Progreso

La meritocracia representa uno de los principios fundamentales de una sociedad abierta donde las personas deben tener la posibilidad de avanzar de acuerdo con su preparación, su esfuerzo, su talento y sus resultados. Una sociedad donde el mérito es reconocido, genera incentivos para estudiar, trabajar, innovar y asumir responsabilidades. Por el contrario, cuando los privilegios, las conexiones políticas o la lealtad al poder sustituyen al mérito, las instituciones pierden eficiencia y la ciudadanía pierde confianza en el sistema.

La meritocracia no significa ignorar las desigualdades de origen. Por el contrario, exige crear condiciones para que las circunstancias familiares, económicas o sociales no determinen completamente el futuro de una persona. Por eso la educación de calidad y la igualdad ante la ley son elementos indispensables para que el mérito pueda desarrollarse.

Venezuela experimentó, durante décadas, un deterioro progresivo de su cultura meritocrática y en muchos ámbitos, incluyendo instituciones fundamentales del Estado, tal como las Fuerzas Armadas, se fue debilitando la importancia de la preparación profesional, la experiencia y la capacidad, mientras crecían criterios basados en la afiliación familiar, política, el amiguismo y la lealtad personal.

Este fenómeno tuvo consecuencias profundas. Cuando una sociedad deja de premiar la competencia y la excelencia, disminuye la calidad de sus instituciones, se reduce la productividad y aumenta la emigración de personas preparadas que buscan lugares donde sus capacidades sean reconocidas. Una nación no puede construir su futuro si sus ciudadanos perciben que el esfuerzo no vale la pena o que el éxito depende más de los contactos que de su capacidad.

Recuperar la meritocracia implica reconstruir una cultura basada en la responsabilidad, la excelencia y la igualdad de oportunidades. Significa entender que el progreso colectivo surge cuando cada persona tiene la posibilidad de aportar lo mejor de sí misma y recibir una recompensa justa por su contribución. Una sociedad justa no elimina las diferencias producto del esfuerzo y del talento; elimina las barreras injustas que impiden que las personas puedan demostrarlo.

4.- Educación: La Verdadera Igualdad de Oportunidades

La educación es la herramienta más poderosa para construir una sociedad justa. Sin ella, la igualdad de oportunidades se convierte en una promesa vacía, porque el talento y el esfuerzo de las personas no pueden desarrollarse plenamente si carecen de los conocimientos y las habilidades necesarias.

Una sociedad que aspira al progreso debe garantizar una educación de calidad para todos sus ciudadanos, independientemente de su origen económico o social. La educación no debe limitarse a transmitir información; debe formar personas capaces de pensar críticamente, resolver problemas, adaptarse a los cambios y participar activamente en la economía y en la vida democrática.

La verdadera justicia social no consiste en igualar los resultados finales, sino en permitir que cada persona tenga las herramientas necesarias para competir y progresar según sus capacidades. Una educación deficiente perpetúa la pobreza; una educación de calidad abre caminos hacia la autonomía y la movilidad social.

El deterioro educativo sufrido por Venezuela durante las últimas décadas demuestra las consecuencias del abandono de este principio. La pérdida de calidad en escuelas y universidades, incluidas las escuelas militares, la migración de profesionales y la falta de incentivos para docentes y estudiantes, afectaron una de las bases fundamentales para la reconstrucción del país.

Recuperar la educación requiere valorar nuevamente el conocimiento, la excelencia y el esfuerzo. Los maestros deben ser reconocidos como actores esenciales del desarrollo nacional, y los estudiantes deben encontrar en el aprendizaje una vía real para mejorar sus condiciones de vida.

Una sociedad que educa a sus ciudadanos no necesita mantenerlos permanentemente mediante asistencia; les entrega las herramientas para construir su propio futuro.

5.- Trabajo, Estado y Solidaridad: Los Pilares de una Sociedad Libre

El progreso de una nación depende, en última instancia, de su capacidad para crear riqueza. El trabajo, el emprendimiento y la innovación son las fuentes fundamentales del desarrollo económico y del bienestar colectivo.

Antes de distribuir riqueza, una sociedad debe ser capaz de crearla. Ningún sistema de asistencia puede sostenerse indefinidamente si no existe una economía dinámica que genere empleos, inversiones y oportunidades. La prosperidad duradera nace de ciudadanos productivos y de instituciones que permitan transformar las ideas y el esfuerzo en resultados.

En este proceso, el Estado tiene una responsabilidad esencial, pero limitada. Su función no es sustituir a los ciudadanos ni controlar todos los aspectos de la economía, sino establecer las condiciones para que las personas puedan desarrollar sus capacidades con libertad y seguridad.

Un Estado eficiente debe garantizar justicia, seguridad, educación, salud pública, infraestructura y reglas claras. Debe proteger al ciudadano, no hacerlo dependiente. Cuando el poder público concentra demasiadas funciones económicas y sociales, aparecen la corrupción, el clientelismo y la pérdida de incentivos para producir.

La solidaridad, sin embargo, sigue siendo un valor indispensable. Una sociedad justa debe responder ante quienes enfrentan situaciones que superan sus capacidades individuales. Desastres naturales, enfermedades graves o tragedias colectivas requieren una respuesta del Estado, humana y organizada.

El terremoto ocurrido recientemente en el litoral central de Venezuela, que dejó miles de víctimas, desaparecidos y familias que perdieron sus hogares y medios de vida, recordó que existen momentos en los cuales la ayuda inmediata del Estado y de la sociedad es moralmente obligatoria e imprescindible.

Pero incluso en esas circunstancias, la ayuda debe tener como finalidad la recuperación de la autonomía de las personas. La reconstrucción no debe limitarse a entregar recursos temporales; debe permitir que las familias vuelvan a trabajar, producir y recuperar su independencia.

Una sociedad libre combina solidaridad con responsabilidad. Protege a quienes lo necesitan, pero también crea las condiciones para que cada ciudadano pueda convertirse en protagonista de su propio destino.

6.- Conclusión

Una sociedad justa no es aquella donde el Estado intenta resolver todas las necesidades de sus ciudadanos, sino aquella donde las personas tienen las oportunidades, las herramientas y la libertad necesarias para construir su propio futuro.

La justicia social no puede reducirse a la distribución de beneficios. Ella requiere instituciones sólidas, igualdad ante la ley, educación de calidad, reconocimiento del mérito y una economía capaz de generar riqueza y empleo. La experiencia venezolana demuestra los riesgos de sustituir la cultura del trabajo y la producción por una relación permanente de dependencia entre ciudadanos y Estado. Cuando se debilitan la meritocracia, las instituciones y la iniciativa individual, toda la sociedad pierde capacidad para progresar.

Esto no significa abandonar la solidaridad ni ignorar a quienes enfrentan dificultades reales. Una sociedad humana debe proteger a sus miembros más vulnerables, especialmente en momentos de crisis. Pero esa ayuda debe estar orientada a recuperar la dignidad y la autonomía, no a perpetuar la dependencia.

El verdadero desafío consiste en construir una sociedad democrática donde cada persona tenga la posibilidad de desarrollar su potencial, donde el esfuerzo sea reconocido y donde el progreso sea consecuencia del trabajo, la educación y la responsabilidad de todos.

Singapur demostró que es posible.

 

viernes, 3 de julio de 2026

SPYKMAN 2.0 Y EL DEBILITAMIENTO DEL RIMLAND COMO ESPACIO DE CONTENCIÓN EN LA GEOESTRATEGIA DEL SIGLO XXI


La vigencia del pensamiento de Nicholas Spykman (1942) radica en la constatación de que la periferia costera eurasiática sigue siendo el espacio de fricción preponderante en la geoestrategia global. Formulado originalmente como una alternativa realista a la visión continentalista del Heartland de Halford Mackinder —cuando Alemania controlaba Europa occidental y Japón dominaba el litoral de Asia oriental—, el concepto de Rimland postulaba que la llave del dominio mundial no se encontraba en el interior terrestre aislado de Eurasia (hinterland), sino en su franja costera: densamente poblada, económicamente dinámica y climáticamente templada.

Al contrastar la teoría con los conflictos históricos y actuales en dicho espacio, se observa la siguiente evolución:

Segunda Guerra Mundial

  • Eje Europeo: Alemania ocupó Ucrania, se extendió hacia el Cáucaso e intentó alinear a su bando a Irak e Irán, pivotando sobre la Siria de Vichy.
  • Eje Asiático: Japón avanzó hasta la frontera de la India y ocupó los principales espacios costeros de China.

Guerra Fria y lo que va del siglo XXI

  • Frente Oriental: La URSS mantuvo su hegemonía en Europa oriental hasta 1989. Actualmente, Rusia mantiene un conflicto en Ucrania, engatillado por la expansión de la OTAN al tratar de evitar un aumento de la escalada. Esta alianza militar ha alcanzado geográficamente, el área de máxima expansión alemana de la Segunda Guerra Mundial.
  • Cercano Oriente: La región (desde Egipto hasta Irán y desde el mar Mediterráneo al mar Arábigo) se consolidó como un espacio crónico de conflicto y fractura (Cohen, 1980) debido a la aparición de un conjunto de estados débiles sostenidos por el petróleo y las fuerzas armadas de Occidente.
  • Descolonización: El litoral desde Pakistán hasta Vietnam vivió un profundo proceso de descolonización que erosionó la influencia occidental directa.

El paso de la Segunda Guerra Mundial a la Guerra Fría convirtió a los litorales eurasiáticos en el gran anillo periférico de contención, un centro de gravedad mundial que conecta las profundidades del continente (hinterland) con las grandes autopistas marítimas del globo. Esta conversión convirtió a ese anillo en un espacio de tensión política desde el proceso de descolonización permaneciendo tres puntos de ruptura: el primero del Cercano Oriente, del que ya hemos hablado, el segundo está relacionado con el mar de China, que involucra a todos los países ribereños, desde Taiwán hasta Vietnam (incluyendo el estrecho de Malaca) y, el tercero por la rivalidad nuclear entre India y Pakistán.

Hoy, este postulado geográfico spykmaniano atraviesa una reconfiguración sistémica debido a la emergencia de China y la pérdida creciente de control occidental en el Cercano Oriente. La competencia multidimensional entre potencias marítimas y continentales —cuyas raíces conceptuales se remontan a Tucídides (Blanco, 2026a)— ha transformado al Rimland en un teatro dinámico donde las fronteras físicas convergen con flujos energéticos, cadenas de suministro de alta tecnología e infraestructuras digitales que se ubican tanto en el fondo del mar como en el espacio ultraterrestre.

A continuación, se examina el orden global actual a partir de la teoría de Spykman mediante cuatro ejes: el retorno del Heartland, la reingeniería del Rimland, su redimensión digital y la reformulación de la Fortaleza América.

1. El retorno de Mackinder y la crisis del orden liberal

La arquitectura de seguridad global atraviesa un reordenamiento tectónico que valida las tesis de Mackinder y la actualización de Spykman. Asistimos a la erosión de la hegemonía naval de la anglosfera frente al pivote terrestre euroasiático, impulsada por nuevos desarrollos tecnológicos. En este contexto, Irán se consolida como una potencia pivote que utiliza su geografía como un multiplicador de fuerza asimétrica. Su alianza con Rusia y China configura un bloque continental progresivamente inmune a las estrategias tradicionales de contención marítima.

El estrecho de Ormuz —confinado entre Irán y la península de Musandam (Omán)— es uno de los puntos de estrangulamiento (chokepoint) más sensibles de la economía global: por allí circula casi una quinta parte del petróleo mundial y entre el 20% y 25% del gas natural licuado. El control o la capacidad de perturbar estos corredores otorga a los Estados costeros una influencia que excede su potencial militar bruto (Diesen, 2026), poniendo en jaque el pilar del orden liberal de la "Libertad de Navegación". En este ajedrez energético, la importancia estratégica de Venezuela para EE. UU. radica en la necesidad de regular y asegurar los flujos energéticos hemisféricos (Blanco, 2026b). Vamos a detenernos un momento.  Según Romero (2026) Venezuela tiene una importancia estratégica de primer orden para EE.UU. en relación con el actual conflicto en el Golfo Pérsico debido a que ha cumplido un papel de amortiguador de los precios del petróleo en función de la manutención del nivel de los flujos. Creemos que antes del 03ENE2026, también nuestro país jugó un rol parecido en relación con Rusia e Irán, en el sentido de que la reducción de la producción venezolana desde la segunda década del siglo XXI sirvió para mantener el precio del mismo, en beneficio de los países mencionados.

Teniendo esta situación presente, la geografía restringida de Ormuz expone los límites del poderío militar naval convencional frente a tácticas de guerra asimétrica (minas inteligentes, lanchas rápidas de asalto, drones de bajo coste y misiles antibuque). Esta dinámica se extiende en línea continua hacia el mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb, donde transita el 12% del comercio marítimo mundial hacia el canal de Suez.

El Heartland Financiero y el Sistema de las "Tres R"

El orden global liderado por EE. UU. se ha cimentado históricamente en el petrodólar. Por ello, Ormuz es también el epicentro de la batalla por la moneda de reserva global. Alterar el flujo físico en Ormuz representa un ataque directo a la arquitectura financiera occidental basada en la deuda, actuando como un arma de desapalancamiento forzoso (Petrova, 2026).

En el hinterland se está consolidando el sistema de las Tres R (Rupias, Rublos y Renminbi), diseñado para operar fuera del alcance del dólar marítimo (Petrova, 2026). Esto traduce al plano financiero la tesis de Karl Haushofer sobre el espacio económicamente compensado (Großraum). Como señala Vera (2026): «Los conflictos contemporáneos se resuelven... por la saturación o estrangulamiento de las cadenas de recursos básicos». Desde esta perspectiva, Venezuela es el país pivote sobre el cual se está produciendo el reordenamiento global a partir de la relación recíproca entre Heartland y Rimland. En este sentido, como bien señaló Romero (2026), la ayuda a Venezuela a propósito del terremoto del 24JUN2026 más allá de la empatía tiene un trasfondo estratégico de primer orden. Ello explica, además, por qué el secretario del Tesoro de EE.UU., Scott Bessent, haya afirmado el miércoles 24 de junio que el dólar estadounidense será «la pieza central» del comercio en una eventual «nueva Venezuela»[1].

A la incapacidad occidental para neutralizar a actores como Hezbolá en el Líbano o a los hutíes en Yemen, se suma la pérdida de control físico sobre recursos clave en el Donbás y el Sahel. Este escenario explica, de forma más amplia, las tensiones en Irán a propósito del dominio del Golfo Pérsico, la presión sostenida sobre Venezuela —agravada por el doble terremoto del 24 de junio de 2026— y los focos de protesta en Bolivia (Diesen, 2026).

2. La reingeniería del Rimland

La consolidación de la República Popular China como superpotencia ha desplazado el eje geoestratégico del Atlántico Norte al Indo-Pacífico, forzando a Occidente a estructurar una estrategia de contención adaptativa o de "segunda generación" mediante dos vías:

  1. Minilaterales informales: Alianzas de disuasión militar dura, seguridad económica e intercambio tecnológico (Japón, India, Reino Unido y Australia). En este esquema, India juega un rol pivotante: resguarda su frontera terrestre en los Himalayas frente a Pekín y coordina su presencia en el océano Índico para controlar el estrecho de Malaca (Kumar, 2025).
  2. Corredores económicos alternativos: Proyectos de conectividad como el Corredor Económico India-Medio Oriente-Europa (IMEC), diseñado para integrar al subcontinente indio con el Golfo Pérsico y Europa mediante redes ferroviarias y marítimas (Yuhang y Song, 2026). Esta infraestructura busca reparar el statu quo del Rimland tras las fracturas derivadas del conflicto en el Cercano Oriente iniciado a principios de 2026.

Frente a esto, Pekín despliega, desde hace una década, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, una síntesis perfecta entre Mackinder y Spykman que busca dominar simultáneamente el interior de Eurasia y sus litorales comerciales:

  • La Franja (Terrestre): Penetra Asia Central con oleoductos y trenes de alta velocidad, recreando la antigua Ruta de la Seda.
  • La Ruta (Marítima): Desarrolla una red portuaria en el mar de China Meridional, el golfo de Bengala y el océano Índico que asegura sus importaciones críticas de crudo y dota al Estado de bases de doble uso (civil-militar) (Yibuti).

Esta proyección china se complementa con el esfuerzo de Rusia por reconstruir su propio espacio económico (Unión Económica Euroasiática) para mitigar las sanciones occidentales. Además, el retroceso de la capa de hielo ártica ha abierto la Ruta Marítima del Norte (NSR), un corredor bajo control ruso que conecta los puertos polares con el Pacífico Norte, evitando las conflictivas rutas meridionales. Como contraestrategia, la OTAN ha intensificado el control del estrecho GIUK (Groenlandia-Islandia-Reino Unido) y EE.UU. mantiene un firme interés geopolítico en Groenlandia para asegurar la protección continental americana.

3. El Rimland en la era digital y la guerra hipersónica

El desarrollo del ciberespacio, la inteligencia artificial y las tecnologías de la información obligan a reformular el concepto clásico de Spykman. La columna vertebral de la internet global depende de cables submarinos de fibra óptica cuyos tendidos convergen en los mismos cuellos de botella geográficos del Rimland físico: el estrecho de Malaca, el mar Rojo, el estrecho de Ormuz y el canal de Suez. Una interrupción en estos puntos paralizaría de inmediato los sistemas bancarios y las redes de mando militar de Occidente. Reflejo de esto es que, en el marco de la guerra del Cercano Oriente de 2026, Irán declaró los bancos de datos y las redes de fibra óptica como objetivos militares legítimos.

Existe, además, un vacío regulatorio: la Convención de las Naciones Unidas sobre Derecho del Mar (Convemar) carece de herramientas específicas para prevenir la interferencia de cables en aguas internacionales, un limbo legal explotado en operaciones encubiertas como acaeció con el oleoducto Nord Stream 2. Una vulnerabilidad similar afecta al espacio ultraterrestre debido a la militarización de la zona de transición (20-60 km de altura) entre el espacio aéreo soberano y el espacio exterior libre.

La aparición de armas hipersónicas que operan en la atmósfera superior (entre los 20 y 60 km de altura) ha alterado radicalmente la física del poder. Por su velocidad absoluta y trayectoria impredecible, estas armas han vuelto porosa y frágil la contención marítima tradicional. El espacio físico del Rimland ya no ofrece seguridad por el mero hecho de estar ocupado militarmente; el misil hipersónico ha "licuado" la geografía desde una perspectiva vertical. Las fronteras naturales, los estrechos y las cadenas de islas ya no son accidentes geográficos defendibles con barcos o infantería, sino coordenadas vulnerables dentro de un software de guía. Esto nos permite hablar de un nuevo Rimland determinado por las órbitas de los satélites artificiales.

En el "Nuevo Rimland orbital", el poder no pertenece a quien está físicamente en el lugar, sino a quien posee la capacidad de negar el uso del espacio a gran distancia en un tiempo reducido.

4. La Fortaleza América

La Fortaleza América surge como la respuesta psicológica y estratégica de EE. UU. ante el fin de su invulnerabilidad histórica. El concepto nació en la Segunda Guerra Mundial, cuando el país buscó alinear políticamente al hemisferio para asegurar el flujo de materias primas desde el sur hacia el norte mediante proyectos de interconexión fluvial y seguridad marítima en Iberoamérica. En el siglo XXI, este concepto debe entenderse no como un muro físico, sino como una estructura filosófica y operativa adaptada al Rimland orbital y a la guerra multidimensional.

Desde una perspectiva ontológica, la Fortaleza América solo es viable si todos los habitantes del hemisferio son tratados como fines en sí mismos y no como meros medios de una parcialidad estatal (asumimos el imperativo categórico kantiano). Esto exige, por una parte, una nueva organización de los estados y, por la otra, una nueva organización política regional para responder coordinadamente ante las amenazas del entorno. Para tal fin, es necesario eliminar los puntos de fricción hemisférica representados por: México, Cuba, Venezuela y Bolivia. Eliminar, en este sentido, significa que cada uno de los habitantes de los estados mencionados sean, a su vez, fines en sí mismos, y medios, dentro de una estructura cooperativa.

Operativamente, la Fortaleza América debe proyectarse en tres planos:

  • El Domo Dorado (Plano orbital): Ante la amenaza hipersónica, la defensa debe mirar hacia el "Rimland orbital" mediante redes satelitales avanzadas capaces de vigilar el espacio intermedio que escapa al derecho internacional.
  • El Reajuste del Rimland (Defensa adelantada): Las potencias marítimas utilizarán la alta mar no como un límite rígido, sino como un Limen (un umbral flexible de conexión y vigilancia entre el mundo marítimo y el continental).
  • La Resiliencia Continental (Base industrial y autarquía): Inspirada en la tesis de los espacios económicamente compensados (Ergänzungsräume) de Haushofer, busca subordinar la racionalidad del libre mercado globalista a la preservación política del bloque. En el contexto actual de crisis liberal, esto se traduce en la práctica del friend-shoring (socios de confianza), la exclusión de interferencias extrarregionales y la gestión autónoma de las redes de datos, energía y transporte.

Para evitar que los Estados periféricos del continente queden reducidos a meros proveedores de suministros, la potencia hegemónica debe asegurar la estabilidad del orden mediante una auténtica integración productiva y tecnológica, disolviendo las asimetrías de la soberanía convencional en beneficio del bloque común. De lo contrario, ocurrirá un colapso sistémico hemisférico.

5. Escolio: La prospectiva de la seguridad en un mundo multipolar

El concepto de Rimland de Nicholas Spykman sigue siendo el teatro geográfico preponderante en la disputa por la hegemonía mundial, transmutado hoy en un sistema híbrido de conexiones digitales, energéticas y espaciales a pesar de la actualización fáctica del concepto de Heartland de Mackinder. En este sentido, una reingeniería del concepto de Rimland debe considerar al mar y el espacio intermedio y ultraterrestre como Limen siguiendo al efecto el concepto de espacios abstractos (Blanco, 2010). Ello es debido a que para los tomadores de decisiones del siglo XXI, la superioridad militar convencional basada en el control de las aguas está siendo desafiada, por una parte, por los sistemas misilísticos y tecnológicos probados en los conflictos recientes de Ucrania y el Cercano Oriente y, por la otra, por la emergencia de nuevos valores de cambio que están afectando la economía mundial.

La realidad contemporánea del poder global se define, entonces, por cuatro dinámicas:

  1. La competencia directa entre rutas marítimas occidentales y la densa red terrestre euroasiática de oleoductos y ferrocarriles.
  2. La crisis del derecho del mar ante la reducción práctica de los espacios fuera de la jurisdicción estatal.
  3. La urgencia de regular jurídicamente la zona gris entre el espacio aéreo y el ultraterrestre.
  4. La consolidación de un Heartland Financiero fundamentado en valores de cambio alternativos al dólar.

En este nuevo tablero, la Fortaleza América no puede configurarse como un búnker aislado, sino como una red productiva regional integrada y simétrica, cuyo blindaje estratégico descanse en la resiliencia tecnológica compartida y en la estabilidad política y republicana en todo el hemisferio.

Referencias consultadas

Blanco, E. (2026a). Tucídides y la crisis del Cercano Oriente 2025-2026. Caracas: Festina Lente B.G. [Documento en línea]. Disponible en: [https://edgareblancocarrero.blogspot.com/2026/05/tucidides-y-la-crisis-del-cercano.html](https://edgareblancocarrero.blogspot.com/2026/05/tucidides-y-la-crisis-del-cercano.html)

Blanco, E. (2026b). Pasado como futuro: La Marina de Guerra de Venezuela y la Guerra Global. Caracas: Festina Lente BG. [Documento en línea]. Disponible en: [https://edgareblancocarrero.blogspot.com/2026/06/pasado-como-futuro-la-marina-de-guerra.html](https://edgareblancocarrero.blogspot.com/2026/06/pasado-como-futuro-la-marina-de-guerra.html)

Blanco, E. (2010). Espacio-tiempo y la guerra. Reflexiones sobre política y estrategia marítima. Caracas. Editorial Panapo. 276 p.

Cohen, S. B. (1980). Geografía y Política en un Mundo Dividido. Madrid: Ediciones Ejército.

Diesen, G. (2026). Lawrence Wilkerson: Israel, Iran, and the Erosion of American Strategic Interests. [Archivo de video]. Disponible en: [https://youtu.be/Ez4NHbk8lRk](https://youtu.be/Ez4NHbk8lRk)

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[1] Ver: Ptrova (2026) y Banca y Negocios (2026). Scott Bessent: dólar estadounidense será "pieza central" del comercio de Venezuela. Documento en línea. Disponible: https://www.bancaynegocios.com/scott-bessent-dolar-estadounidense-sera-pieza-central-del-comercio-de-venezuela/