Introducción
La Grecia
clásica, en el siglo V a.C., es considerada el espacio donde se originó la
historiografía, es decir, el estudio de las obras de los historiadores, sus
métodos, sus fuentes, sus enfoques teóricos y las tendencias a lo largo del
tiempo. Heródoto y Tucídides son sus principales referentes de este inicio debido
a que se plantearon preguntas como: ¿qué mueve al mundo? ¿El destino, los
dioses o la ambición descarnada del hombre? Por ello vamos a examinar la obra
de estos dos autores y finalizaremos analizando cómo la influencia griega
permeó la cultura romana.
Heródoto (Siglo V a.C.): El Padre de la Historia en
Occidente y la Indagación
Heródoto de Halicarnaso es reconocido como el
referente fundamental para la escritura de la historia en la tradición
occidental debido a que su obra fue un evento epistemológico fundamental en la
transición del pensamiento mítico al pensamiento racional[1].
Es tradicionalmente llamado el «Padre de la Historia» porque su obra es la
primera indagación en prosa extensa y estructurada de las acciones humanas con
fines de esclarecer un hecho o un evento determinado. Heródoto tuvo como
objetivos, expresados en el proemio, en primer lugar, evitar que las obras
humanas se desvanezcan con el tiempo y explicar la razón o causa (aitía)
del conflicto entre griegos y bárbaros y, en segundo lugar, mostrar que las
vidas de las civilizaciones están sujeta a ciclos: muchas polis que en el
pasado fueron poderosas han caído, y las que son grandes en su tiempo antes
fueron insignificantes. Estos objetivos nos indican en sí el sentido de la
investigación herodotiana.
Su obra se basó en la ‘indagación’ (‘historia’, un
término jónico que denotaba descripción e investigación) realizada como un
antropólogo que intentó comprender por qué griegos y aqueménidas se enfrentaron
trascendió la política para arribar a una especie de fisiología de la cultura. Un
aspecto distintivo de su enfoque era su propósito didáctico. Tanto Heródoto
como Tucídides atribuían gran importancia a dotar de sentido al pasado para el
público, funcionalizando los eventos históricos a través de modelos poéticos
preexistentes como los de Homero. Heródoto, después de describir la historia,
geografía y costumbres de los pueblos ‘bárbaros’ de Oriente centrado en el Imperio
aqueménida (también egipcios, escitas, lidios) buscaba exponer las causas de
las guerras entre griegos y ‘bárbaros’ desde la revuelta jónica hasta la
victoria final griega, con el objetivo de salvaguardar las hazañas de ambos del
olvido. El hilo conductor es el ascenso del poder persa y su inevitable
colisión con el mundo griego. Heródoto explora temas como: en primer lugar, la ‘fatalidad’
que remite a la idea de la fortuna (tiempo cíclico), es decir, hoy estás
arriba, mañana abajo, por lo que no hay un progreso lineal, sino una
compensación constante, en segundo lugar, el peligro de la ‘desmesura’ (hybris)
que remite a una justicia cósmica que se produce cuando un orden acumula
demasiado poder o riqueza y, en tercer lugar, la importancia de la libertad
griega frente a la autocracia persa. Desde esta perspectiva, en Heródoto está
la idea de un cosmos observado a partir de un equilibrio moral. Por tanto, se
puede afirmar que, para él, la historia es una lección ética.
Su método, es decir, el cómo de la investigación,
incluía un enfoque comparativo etnográfico que incorporaba aspectos económicos,
políticos, sociales y culturales de los pueblos objeto de estudio. Para él, la
verdad de la indagación (historia) reside en la suma de todas las perspectivas
humanas. Este método se fundamentaba en los conocimientos adquiridos durante
sus viajes de estudio, así como en la corroboración de pruebas y la observación
de supervivencias del pasado en su presente. Es decir, se basaba en tres
momentos: Autopsía, Akoé y Gnome. El primero es la autopsía (visión
directa), mediante la cual el autor viajó por Egipto, Mesopotamia, Escitia y
otras regiones para observar y verificar por sí mismo (opsis) monumentos,
geografías y costumbres. El segundo es la akoé (audición o testimonio
oral de primera o segunda mano), que consiste en la recopilación de relatos de
diversas fuentes, reconociendo siempre su subjetividad y, en ocasiones,
presentando versiones contradictorias de un mismo hecho logrando con ello, por
una parte, un importante grado de imparcialidad y, por la otra, que el lector
ejerza su propio juicio. El tercero es la gnome (juicio o reflexión), el
filtro racional a través del cual el historiador analiza la verosimilitud de lo
oído y lo visto, proponiendo explicaciones basadas en la analogía y la
probabilidad.
Al crear un continuum de eventos
humanos logró ordenar el pasado en torno a una temporalidad humana,
diferenciándose de los ciclos atemporales o circulares del mito o la leyenda. A
pesar de su esfuerzo en no se desprende de la apelación a la intervención
divina, los oráculos o el castigo del destino. La divinidad en Heródoto
actúa, en general, como un principio de retribución cósmica (tisis) que
castiga el exceso humano, pero el desencadenante de dicha retribución es
siempre una acción mortal. Vamos a destacar ahora algunos aspectos de su obra
en concordancia con la línea discursiva empleada en el mundo pre-griego.
En primer lugar, el Libro II de las Historias,
dedicado íntegramente a Egipto, Heródoto observa con admiración la civilización
egipcia, reconociendo en ella una antigüedad y una sofisticación que obligan a
los griegos a reconsiderar su propia posición en el mundo. Al describir
costumbres que son el reverso exacto de las griegas —como la escritura, los
ritos religiosos o las funciones de género—, Heródoto introduce la noción de
que la cultura es una construcción de nomoi (leyes o costumbres)
específicos de cada pueblo. En este sentido tomó la famosa cita de Píndaro:
«la costumbre es rey de todos» para desarrollar su
tesis sobre el relativismo cultural. El autor ilustra esta tesis mediante el
experimento de Darío con los griegos y los calatias: mientras que los primeros
se horrorizan ante la idea de comerse a sus padres muertos, los segundos se
escandalizan por la práctica griega de quemarlos. Para Heródoto, no existe una
medida universal de corrección en las costumbres, ya que cada pueblo considera
las suyas como las mejores con lo cual su orientación tuvo importantes
implicaciones éticas. Su interés ha sido comprender, como un mediador
hermenéutico, la coherencia interna de cada nomos.
En segundo lugar, establece ejemplos donde destaca el
tema de la desmesura. El primero relacionado con el exceso de prosperidad del
rey lidio Creso en el dialogo que sostuvo con Solón (Libro I): «nadie puede ser
llamado dichoso mientras siga vivo, pues la divinidad es envidiosa y
perturbadora y la fortuna puede cambiar en un instante». La caída posterior de
Creso ante Ciro el Grande confirmó la advertencia de Solón. El segundo,
relacionado con la cadena de Hybris y Tisis: El ciclo comienza con el koros
(saciedad o exceso de bienes), que conduce a la hybris (desmesura o
insolencia orgullosa). El sujeto, cegado por su propio poder (ate),
comete una transgresión que rompe el equilibrio de la justicia (díke).
Finalmente, tisis (castigo o retribución) interviene para restaurar el
orden perdido. Este esquema se aplica a la fracasada expedición de Jerjes
contra Grecia. Su derrota no fue solo el resultado de la superioridad táctica
griega, sino la manifestación de una ley superior que prohíbe al hombre
extender su dominio más allá de lo natural.
En tercer lugar, la teoría política (Libro III)
relacionada con las formas de gobierno. Es decir, el debate atribuido a Ótanes,
Megabizo y Darío a cerca de la Isonomía, Oligarquía y Monarquía:
- Defensa
de la Isonomía (Ótanes): Ótanes ataca la monarquía
basándose en el efecto corruptor del poder absoluto. Argumenta que incluso
el hombre más virtuoso, al no tener que rendir cuentas, se desvía de su
norma natural y cae en la soberbia y la envidia. En su lugar, propone el
gobierno de los ciudadanos o isonomía (igualdad de derechos
políticos), donde los cargos se sortean, los gobernantes rinden cuentas y
las decisiones se toman en asamblea.
- Defensa
de la aristocracia (Megabizo):
Megabizo coincide en la crítica a la tiranía, pero rechaza la democracia,
calificándola como el gobierno de una "multitud inepta e
insolente". Propone la aristocracia como el gobierno de los mejores
hombres, asumiendo que de los mejores saldrán las mejores decisiones.
- Defensa
de la Monarquía (Darío): Darío refuta ambas posiciones
argumentando que la aristocracia genera rivalidades feroces por el poder y
que la democracia conduce inevitablemente a la corrupción, lo que obliga a
la aparición de un líder fuerte que restaure el orden. Sostiene que la
monarquía es el sistema más eficaz para mantener el secreto de estado y la
estabilidad del pueblo.
La elección
final de la monarquía por parte de los persas sirve a Heródoto para explicar la
naturaleza autocrática del Imperio persa frente a la libertad griega, pero los
argumentos de Ótanes permanecen como el fundamento intelectual de la democracia
ateniense que el autor tanto admira.
En cuarto
lugar, Heródoto propuso una tesis provocadora: la libertad es el motor de la
excelencia humana y la eficacia militar. Este vínculo entre sistema político y
carácter ético es una de las reflexiones más duraderas de su obra y nos permite
hablar de Identidad y libertad. En relación con la identidad en el
Libro VII, se incluye una conversación entre Jerjes y el exiliado espartano
Demarato resume esta dialéctica. Cuando Jerjes pregunta cómo un puñado de
griegos podrá resistir a su inmenso ejército, Demarato responde que los
griegos, aunque libres, tienen un dueño al que temen más de lo que los persas
temen al Gran Rey: la Ley (Nomos). Esta subordinación voluntaria a la
ley racional frente a la obediencia ciega a un autócrata es lo que define,
según Heródoto, la superioridad moral de los griegos. Desde esta
perspectiva, el conflicto no fue solo geopolítico, sino un choque de valores
fundamentales: la libertad (eleuthería) frente al poder absoluto.
Para
finalizar, las Historias de Heródoto son, por una parte, un tratado
sobre la moderación (sophrosyne) y el reconocimiento de nuestra común
vulnerabilidad ante los giros de la fortuna y, por la otra, nos invita a mirar
el mundo como un escenario abierto donde la memoria, la cultura y la ética se
entrelazan para dar forma al destino de nuestra especie.
Tucídides (Siglo V a.C.): historia, relaciones
internacionales y geopolítica
Con Tucídides
la historia deja de ser un drama moral para convertirse en un estudio de
la conducta humana[2]. Él
presentó su obra como el análisis de un período crucial del mundo griego
buscando desocultar los aspectos permanentes de las relaciones humanas en lugar
de lo meramente contingente. Su metodología, fundamentada en la prophasis
frente a las justificaciones oficiales, hereda principios de la escuela
hipocrática, como la deducción de causas mediante observación e inducción,
basada en la experiencia y el raciocinio. Distinguía claramente entre aitía (la causa profunda) y prophasis (los
pretextos o motivos ocasionales). En este sentido, su historia es lineal,
rigurosa y tendencialmente pesimista. Ello se resume en la siguiente frase: «el
fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe». Por este motivo se le
asocia con el realismo político y la Ananke (Necesidad) puesto
que, para él, los dioses no intervienen en los sucesos humanos. Los motores de
los hechos humanos son tres: el miedo, el honor y el interés
observados como necesidades de nuestra condición humana. La guerra no ocurre
por un castigo divino, sino por la lógica del poder (el famoso «Dilema de
Tucídides»: el temor de Esparta de que el acrecentamiento del poder de Atenas
los convirtiera a todos en vasallos.
La obra de
este autor fue considerada como histórica en el sentido actual del término porque
hizo un análisis crítico del pasado reciente, pero en un momento de su investigación
comenzó a analizar el presente que estaba viviendo en las condiciones en que estaba
acaeciendo los acontecimientos. Su estudio a posteriori por otros
autores catalogó dicha obra como histórica.
El programa
de Tucídides enfatizaba la búsqueda de la mayor objetividad posible para
acercarse a la realidad de lo sucedido. En la narración de los hechos, se basó
en la selección de los mejores testigos para realizar una crítica profunda y en
la selección de aquellos eventos que consideraba relevantes para el objetivo de
su obra. Según Romilly, Tucídides ejerce una «objetividad dirigida» y un
control absoluto sobre los datos, subordinándolos a una jerarquía que busca
transitar desde lo verdadero hacia lo «más verdadero»[3]. Esta
orientación es, como dijimos, la manifestación de una nueva ciencia del hombre
que nacía en el siglo V a.C. en Atenas[4].
Respecto a los discursos, aunque eran imaginados, reelaborados y estilizados
por el autor, funcionaban como un sistema de argumentación y reflejaban el
ambiente intelectual dominado por la retórica y los sofistas de su tiempo. La
obra también se caracteriza por la contextualización del tema principal a
través de excursos como la “Arqueología”, que servía para hacer comprensible el
presente a través del pasado.
Además de
ello, el sistema filosófico que Romilly descubre en Tucídides se articula en
torno a la tríada conceptual de gnome (inteligencia), logos (discurso)
y ergon (hecho). En este esquema, el pensamiento humano
es el antecedente necesario de la acción. La gnome es la facultad
que permite a líderes como Pericles o Temístocles comprender una situación
histórica compleja y tomar decisiones que maximicen el beneficio de la
polis. Sin embargo, la razón no opera en el vacío; se manifiesta a través
del logos, el discurso racional que busca persuadir y justificar la
acción ante la asamblea o la fuerza armada. Estos discursos funcionan como
una «aritmética de argumentos» donde se contrastan dos procesos de razonamiento
opuestos, cuya validez se decide finalmente en el terreno de los hechos,
el ergon. La relación entre el plan (gnome) y el
resultado (ergon) es el laboratorio donde el historiador prueba la
solidez de su ciencia política. La inteligencia humana, no obstante, se
enfrenta permanentemente a la tykhe (fortuna o azar), aquel
elemento de imprevisibilidad que puede desbaratar el plan más elaborado. Para
Tucídides, según Romilly, la excelencia política reside en minimizar el impacto
de la tykhe mediante la disciplina y el cálculo racional,
aunque reconoce que el azar siempre guarda una cuota de incertidumbre en los
asuntos humanos.
Desde la
perspectiva investigativa (histórica) Tucidides nos habla desde la arqueología
para desembocar en las relaciones entre comunidades y la geopolítica. Arqueológicamente
Tucídides traza la evolución de Grecia desde el nomadismo primitivo hasta la
hegemonía de Atenas, identificando una tendencia constante hacia la acumulación
de poder basada en la superioridad técnica y económica. Este proceso puede ser
entendido bajo el prisma de la evolución positiva y progreso en la civilización.
Pero también nos muestra la crisis a través de la stasis o discordia
como fermentos de la guerra civil. Tucídides destacó a través de la guerra
civil en Corcira (Libro III) cómo, en tiempos de conflicto extremo, la
moralidad se invierte y el propio lenguaje pierde la estabilidad de su significado. Esta
«patología del poder» demuestra que, cuando el tejido social se desgarra, la
inteligencia humana deja de servir a la previsión constructiva y se convierte
en un instrumento para la traición y la venganza. Entonces también encontramos
en Tucidides la idea del ciclo.
En el plano
de las relaciones interestatales Atenas justifica su imperio, no Tudidides que
se inclinó por la moderación, mediante lo que Romilly denomina la «Tesis
Ateniense», articulada en el discurso de sus embajadores en Esparta: el dominio
de los fuertes sobre los débiles es una ley universal impulsada por los tres
motores antes mencionados. En este sentido, Tucídides documenta cómo las
ciudades aliadas de Atenas solo se rebelan cuando perciben una debilidad en la
potencia hegemónica, lo que indica que el sistema se mantiene por el «silencio
del miedo» y no por el consentimiento. Las expresiones más claras de esta
actitud están relacionadas con el dialogo de los melios (Libro V). El diálogo
de los melios constituye el epicentro de la tensión entre el realismo y la
ética. Los atenienses rechazan apelar a la justicia o a los dioses,
afirmando que el derecho solo existe entre iguales en poder, mientras que en
otros casos los fuertes imponen su voluntad y los débiles sufren las
consecuencias: «En política lo útil está de acuerdo con la seguridad del
Estado, mientras que practica lo justo y lo honesto lo expone a graves riesgos». Este
dialogo se ubica justo antes de la expedición a Sicilia para señalar la hybris (arrogancia)
de Atenas. Romilly, aunque reconoce la dureza del pasaje, tiende a
defender la fe de Tucídides en la razón. Estas circunstancias nos remiten a la
operación naval en Siracusa y a la geopolítica.
Pericles
representó para Tucídides el ideal del estadista cuya inteligencia superior le
permitía guiar al pueblo con moderación y firmeza, sin ceder a sus pasiones
transitorias. Su estrategia de guerra naval era una obra maestra de
la gnome: evitar la batalla campal contra la superioridad terrestre
espartana (epirocracia) y confiar en el poder naval ateniense para sostener un
conflicto de desgaste (talasocracia). Sin embargo, tras su fallecimiento,
Atenas cae en manos de líderes que Romilly denomina ‘demagogos’, quienes
utilizan la razón no para el bien público, sino para la satisfacción de ambiciones
personales o el halago a la multitud. Alcibíades, en este sentido, encarna
la ruptura definitiva entre la inteligencia y la moderación llevando a Atenas a
la desastrosa aventura siciliana por el mero deseo de gloria personal.
Tucídides realizó
un análisis magistral del asedio de Siracusa (Libros VI y VII) para demostrar cual
fue la lógica interna de las operaciones militares. Este análisis es una
exposición cuidadosamente orquestada sobre la interconexión entre la
topografía, el armamento, la moral y la toma de decisiones. Tucídides
enfatiza cómo los siracusanos logran prevalecer sobre los atenienses mediante
una adaptación racional a las condiciones del terreno y un incremento
progresivo de su confianza (rhome) y entusiasmo (prothumia). Este
análisis demuestra que, para Tucídides, la victoria militar es, ante todo, una
victoria de la inteligencia y la previsión sobre la improvisación y el deseo
desmedido.
En relación
con la geopolítica la vigencia de las categorías tucidídeas se observan, en
primer lugar, en la estructura del sistema internacional y la oposición a
partir de la relación con el espacio y, en segundo lugar, a través del concepto
de la «Trampa de Tucídides». Este marco sugiere que la guerra se tornó ‘inevitable’
no por una voluntad maligna, sino por el miedo estructural que genera el cambio
en el equilibrio de poder. Con respecto a la estructura, la idea de
polaridad en el sistema internacional usa la bipolaridad Esparta-Atenas como
modelo a partir de la oposición talasocracia-epirocracia en función de la
relación de ambas polis con el espacio[5].
En relación con la ‘trampa’ el riesgo de desencadenar una guerra por parte de
una potencia en declive para detenerlo es un riesgo grave como lo corroboraron
los propios espartanos al final de la guerra. Esta actitud vista como modelo
permite explicar el estallido de la primera guerra mundial y la actual guerra
en el Cercano Oriente. Esto nos permite hacer unas comparaciones con Heródoto.
En general Tucídides
tradicionalmente ha sido visto como el historiador más ‘científico’ y riguroso
que Heródoto. Sin embargo, Heródoto posee una visión antropológica más amplia y
compleja de la que comúnmente se le reconoce. Mientras que Tucídides busca las
leyes inmutables de la naturaleza humana basadas en el poder, el interés y el
miedo para predecir comportamientos futuros, Heródoto se interesa por la
contingencia, la diversidad de las culturas y la influencia de lo divino en los
asuntos humanos bajo la premisa que la verdad histórica no se agota en el
análisis de las estructuras de poder, sino que requiere la comprensión de la
mentalidad, la religión y el mito que dan sentido a la vida de los pueblos: los
seres humanos no solo nos movemos por intereses racionales de poder, sino
también por historias, mitos y una sed de significado que trasciende la lógica
militar. Tucídides nos enseña cómo funciona el mundo; Heródoto nos recuerda por
qué vale la pena vivir en él, a pesar de su inevitable tragedia.
La Historiografía Romana: Anales, Biografías y el
Valor Moral
La
historiografía romana, influenciada por sus predecesores griegos desarrolló sus
propias características con un fuerte énfasis en lo artístico, moral y político.
En Roma, la
historiografía se consolidó como un género literario que narraba los hechos
históricos desde una perspectiva artística. Se caracterizaba por la inclusión
de descripciones detalladas de países, costumbres y el carácter de los
personajes como observamos en Heródoto, así como discursos intercalados (reales
o ficticios) y comentarios del autor que revelaban su visión de los
acontecimientos como observamos en Tucidides. Este desarrollo se enmarcó en una
preocupación por la supuesta decadencia de los mores maiorum
(costumbres de los antepasados) y la admiración por la grandeza de los tiempos
pretéritos. La historiografía romana buscaba extraer modelos (exempla) para la conducta individual y colectiva como
observamos en Tito Livio.
Los orígenes
de la historiografía romana se encuentran en los secos Annales pontificum, registros concisos de los sucesos
más importantes acaecidos durante cada consulado. Los primeros intentos de
historiadores romanos, como Quinto Fabio Píctor y Lucio Cincio Alimento, se
sirvieron de la lengua griega, reflejando la difusión del helenismo y
cumpliendo una función diplomática y propagandística. En este sentido, Polibio y
Plutarco, a pesar de ser griegos, jugaron un papel destacable.
Con el
tiempo, se desarrollaron formas más elaboradas, incluyendo biografías, como la
extensa obra De viris illustribus de Cornelio Nepote, que contenía
las vidas de grandes hombres de Roma y Grecia. Julio César, en sus propios
relatos, narró hechos que le afectaban directamente, demostrando un gran valor
literario y una exquisita pureza lingüística. Salustio, por su parte, escribió
sobre historia contemporánea con una clara intención moralizadora, como en sus
obras sobre la Conjuración de Catilina y la Guerra de Jugurta.
Tito Livio compuso una magna obra dedicada a las glorias de Roma. Finalmente,
Tácito concibió la historia como un ‘drama’, poniendo un fuerte énfasis en la
psicología de los personajes y utilizando la comparación entre la depravación
romana y la austeridad de los ‘bárbaros’ para fines moralizadores y políticos.
La
emergencia de la historiografía griega y romana representó una profunda
transformación en la concepción del conocimiento del pasado. Heródoto marcó un
giro del mito hacia la historia como ‘indagación’ y «búsqueda de la verdad
basada en la prueba». Tucídides profundizó esta racionalización con su método
de causas y síntomas, y su uso de la arqueología y la retórica para comprender
el presente a través de una explicación racional del pasado. La historiografía
romana, aunque con un fuerte componente moral y propagandístico, también se
alejó de la mera narración mítica para registrar y analizar eventos, incluso si
su propósito era extraer ejemplos a seguir de conductas específicas. Este
proceso no fue solo una evolución de la narrativa, sino también, como en el
caso griego, una revolución epistemológica que sentó las bases para la historia
como una forma de conocimiento distinta y racional, separada de la poesía y el
mito, aunque aún con propósitos didácticos y morales como lo observamos en la
India y Egipto. Este cambio de paradigma, de ‘creer’ a ‘indagar’, constituye el
primer paso crucial en una genealogía de los métodos de explicación histórica.
En este sentido, se destaca el pensamiento de Polibio de Megalópolis (c.
208-125 a.C.) porque nos conduce a las aguas de la política en los mismos términos
que observamos en Heródoto.
Polibio
desarrolló una obra que nos ha llegado de forma incompleta donde trató de
explicar cómo Roma logró dominar el mundo mediterráneo en un lapso de 53 años
(220-167 a.C.) entrelazando y unificando los acontecimientos de todo el mundo
conocido a través de las conquistas romanas. En su metodología buscó encontrar
las causas y consecuencias de los acontecimientos desde una perspectiva
utilitaria (historia pragmática), es decir, aprender de los errores del
pasado para tomar decisiones políticas y militares futuras. Su análisis de la
constitución romana (Libro VI) es su contribución más importante a la ciencia
política. Basándose en Aristóteles, describe un ciclo de degeneración de las
formas de gobierno (la anaciclosis) y describe cómo Roma se hizo estable
por un largo periodo debido a su constitución mixta que integra elementos de: Monarquía
(Cónsules), Aristocracia (Senado) y Democracia (Asambleas Populares) a pesar de
que también estuvo sujeta a la ley biológica y cósmica de decadencia.
La
metodología de Polibio se caracterizó por su rigurosidad. En ella defendió la
importancia de la experiencia personal en asuntos militares y políticos para
poder escribir una historia precisa, algo que él poseía como líder de la Liga
Aquea y como rehén en Roma (donde accedió a influyentes círculos romanos, como
el de Escipión). En este sentido, abogó por la sobriedad y concisión en el
lenguaje, rechazando el estilo retórico y florido de su época, en favor de un
enfoque racional y claro a pesar de que se le criticó por su pro-romanismo y falta
de neutralidad y por su determinismo en relación con los ciclos históricos.
Por último, hablaremos
de Flavio Josefo (Yosef ben Matityahu) debido a que es fundamental para el estudio
de la historia judía del siglo I d.C. y del contexto del cristianismo primitivo.
Sus escritos son una fuente importante, junto con la Biblia, para comprender la
historia y la geografía de Judea en el siglo I d. C., porque proporciona un
contexto histórico valioso para la interpretación de algunos evangelios del Nuevo
Testamento, a pesar de su establecimiento varios siglos después, especialmente,
al mencionar figuras como los Herodes, Poncio Pilato, Juan el Bautista y, de
forma controvertida, a Jesucristo, por lo que es la principal fuente sobre la
historia judía de la época puesto que explica el fin del Segundo Templo y el
surgimiento del cristianismo.
[1] Heródoto de Halicarnaso (430 a.C. [1981]). Historia. Obra
completa. Madrid. (T. C. Schrader). Editorial Gredos.
[2] Tucidide. (423 a.C. [1984]). Guerra del Peloponneso. (4ª
ed.). (T. Ezio Sabino) Milano: Garzanti, 604 p.
[3] Romilly, Jacqueline. (2013). Tucidides: Historia y Razón. Madrid. (T.
J. Terré Alonso). Editorial Gredos. 288
p
[4] Blanco, E. (2025). Los Sofistas, Tucidides y el Sentido Común. Caracas.
Festina Lente BG. Documento en línea. Disponible: https://edgareblancocarrero.blogspot.com/2025/08/los-sofistas-tucidides-y-el-sentido.html
[5] Aron, R. (1989). Paz y Guerra entre las Naciones. (8ª ed.) (T.
L. Cuervo). Madrid. Alianza. 895 p. Ver Tambien: Blanco, E. (2016). Talasocracia
vs. Epirocracia ¿las dos caras de la guerra civil global? Reflexión acerca de
Venezuela y Cuba y la crisis de los misiles de 1962 en una visión prospectiva.
Caracas. Festina Lente BG. Documento en línea. Disponible: https://edgareblancocarrero.blogspot.com/2015/10/talasocracia-vs-epirocracia-las-dos.html

