jueves, 15 de enero de 2026

5 IDEAS QUE CAMBIARÁN TU FORMA DE PENSAR SOBRE SER UN "CIUDADANO DEL MUNDO"


Desde el punto de vista espacial la palabra ‘cosmopolitismo’ en principio se limitó con Diógenes al mundo griego, luego con Roma se extendió al espacio que dominaba, luego se sustituyó con el cristianismo y ampliando sus confines hasta llegar al presente que abarca el planeta como un todo. Sin embargo, las implicaciones de esta palabra son mucho más extraños, complejos y contradictorios de lo que podemos imaginar. Lejos de ser un simple llamado a la unidad global, el concepto de cosmopolitismo o ciudadanía mundial es un campo de batalla filosófico lleno de rebeldes, prejuicios inesperados y preguntas radicales sobre el futuro.

Desde este ángulo de análisis, el cosmopolitismo es una realidad espacial constatable si se observa que desde el espacio ultraterrestre la tierra es un esferoide que no tiene líneas divisorias en su seno. Esto se conoce como el overview effect que experimentan los astronautas. El cosmopolitismo visto desde la perspectiva espacial puede entenderse como una ontología universal que nos hace reconocer que navegamos en la nodriza del destino en el inmenso cosmos y nos obliga a repensar la alteridad. En la era de los telescopios como el James Webb, que escrutan las fronteras del universo, debemos ampliar nuestro horizonte al cosmos entero considerando que el silencio en estos espacios infinitos es aterrador y la tecnología es limitada para acceder a él. La tecnología es el mediador ontológico entre lo humano y lo universal, desde tres perspectivas.

·         La tecnología como desterritorializadora radical ha roto la prisión de la perspectiva terrestre (la que Heidegger llamaba la «tierra» en su sentido más fundamental) y nos obligan a habitar, aunque sea por instantes, la visión desde fuera. El overview effect no es solo psicológico: es tecnológicamente producido. La tecnología desnacionaliza la mirada antes de que la ética siquiera lo intente.

·         La tecnología como infraestructura de la hospitalidad cósmica porque posibilita cohabitación ampliada y una especie de cosmopolitismo práctico. Basta pensar en un buque o en la Estación Espacial Internacional como plataformas que fomentan la interdependencia mutua no solo nos lleva al cosmos, sino también reescribe el cosmos en nosotros mismos

·         La tecnología puede observarse como un medio de unión de cosmos y técnica, plural, abierta a múltiples formas de habitar el universo (cosmotécnica) o un uniformador, donde una sola racionalidad instrumental (la de la eficiencia, la extracción, la aceleración) se impone como la única forma legítima de relación con lo real (tecno-cosmos).

En el fondo, la tecnología es el gran filtro cosmopolita de nuestra época: 
Puede hacernos más pequeños y más unidos o puede agrandar nuestro ego colectivo hasta convertirnos en una especie que se cree dueña del cosmos en vez de huésped precario del mismo. Teniendo todo esto presente, vamos a explorar
cinco ideas que desvelan la profunda y conflictiva historia de lo que realmente significa pertenecer al mundo.

1.    El primer "ciudadano del mundo" era un rebelde que rechazaba la sociedad

Contrario a la creencia popular, el concepto de ciudadanía mundial no nació de un ideal de armonía global, sino de un acto de rebelión. El término kosmopolitēs ("ciudadano del mundo") fue acuñado por Diógenes el Cínico, un filósofo griego exiliado de su ciudad natal, Sinope. Para él, declararse ciudadano del mundo era una forma de negar su ciudadanía local y repudiar las convenciones de su comunidad política.

Su cosmopolitismo era una declaración de independencia radical. Sostenía que no estaba sujeto a las leyes y costumbres de una ciudad en particular, sino únicamente a la “ley superior de la naturaleza”. En esencia, se elevaba a sí mismo por encima de la sociedad. Resulta profundamente contraintuitivo que el cosmopolitismo no comenzara como un movimiento de inclusión para unir a la humanidad, sino como un acto de repudio y auto-elevación por parte de un marginado social que veía las leyes de la comunidad como una limitación a su libertad personal.

2. El cosmopolitismo no siempre fue universal: sus grandes pensadores tenían prejuicios

Es desconcertante descubrir que muchos de los defensores históricos del cosmopolitismo, a pesar de promover ideales universales, mantenían puntos de vista profundamente excluyentes. Un ejemplo paradigmático es Immanuel Kant, uno de los pilares del pensamiento ilustrado y actual. Aunque defendía la existencia de una única comunidad moral de seres racionales, sus escritos políticos proyectaban un orden mundial futuro legislado por Europa. Más allá de su eurocentrismo, Kant sostuvo puntos de vista explícitamente racistas, sexistas y colonialistas. Esta contradicción no era una anomalía. Como señala la Stanford Encyclopedia of Philosophy:

Indeed, numerous authors combined their moral cosmopolitanism with a defense of the superiority of men over women, or that of “whites” over other “races.” A notable example is Kant... (Traducción: "En efecto, numerosos autores combinaron su cosmopolitismo moral con una defensa de la superioridad de los hombres sobre las mujeres, o la de los 'blancos' sobre otras 'razas'. Un ejemplo notable es Kant...").

Esta paradoja revela que incluso las ideas más nobles pueden estar limitadas por los prejuicios de su tiempo. Nos enseña que para que el universalismo sea verdaderamente inclusivo, debe ser capaz de criticarse a sí mismo y superar las inconsistencias de sus propios defensores.

3. Ser cosmopolita no significa traicionar a tu país

Una de las críticas más comunes al cosmopolitismo es que nos obliga a elegir entre ser leales a nuestro país o a la humanidad. Sin embargo, esto es un falso dilema. Los filósofos estoicos, como Epicteto, ya habían resuelto esta aparente contradicción con el concepto de "doble ciudadanía". Para ellos, el deber hacia la propia ciudad se fundamenta precisamente en el hecho de ser ciudadano del mundo —ya que nuestra capacidad compartida para la razón, que nos une a toda la humanidad, es la que nos hace aptos para la vida cívica en primer lugar—, no en oposición a ello.

Esta línea de pensamiento continúa vigente. La filósofa contemporánea Martha Nussbaum argumenta que no es necesario renunciar a los afectos particulares y locales —el amor por la familia, la comunidad o la nación— para ser cosmopolita. Ella aboga por un “patriotismo crítico” que sea compatible con un “cosmopolitismo afirmativo”. La idea se ilustra perfectamente con la antigua metáfora de los círculos concéntricos de Hierocles: “nuestras lealtades se expanden desde el yo hacia la familia, la comunidad local, el país y, finalmente, hacia toda la humanidad. Un círculo no anula al otro; más bien, el más amplio contiene y contextualiza a los más pequeños”.

4. La próxima frontera de la ciudadanía mundial podría incluir a la naturaleza

Durante milenios, ser "ciudadano del mundo" fue una idea exclusivamente antropocéntrica. Ahora, esa frontera fundamental se ha erosionado desde una lectura spinozista al considerar que todos somos modos de la naturaleza. La conclusión es clara: el cosmopolitismo filosófico debe transformarse para incluir a los seres no humanos. Este cambio expande radicalmente el significado de "mundo" y "ciudadanía", planteando profundas cuestiones éticas sobre cómo compartimos el planeta.

5. La "ley cosmopolita" ya no es una utopía: está transformando nuestros derechos

El cosmopolitismo, como hemos dicho, ha recorrido un largo camino desde ser un ideal puramente moral en la antigüedad hasta convertirse en una realidad legal y política en la era moderna. El punto de inflexión fue la Segunda Guerra Mundial, cuyo horror impulsó la creación de una "ley cosmopolita" diseñada para trascender la soberanía absoluta de los estados.

El filósofo Jürgen Habermas identifica la categoría legal de "crímenes contra la humanidad" como el ejemplo paradigmático. Este concepto limita la soberanía de una nación sobre sus propios ciudadanos, convirtiendo a los individuos en sujetos del derecho internacional. En otras palabras, este principio establece que usted, como individuo, tiene derechos que su propio gobierno no puede violar sin tener que responder ante el mundo. Por primera vez en la historia, la persona se convierte en un sujeto del derecho internacional, no solo el Estado. Instituciones como las Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional (CPI) son manifestaciones concretas de este principio, donde los derechos humanos individuales pueden, en teoría, prevalecer sobre la soberanía estatal. Aunque imperfecto, politizado y poco eficaz, este desarrollo ya tiene un impacto tangible en la política global y ha redefinido para siempre los límites del poder estatal y el alcance de nuestros derechos.

¿Qué Significa Ser Ciudadano de un Mundo en Construcción?

Como hemos visto, ser un “ciudadano del mundo” es un concepto mucho más dinámico, conflictivo y profundo de lo que su uso popular sugiere. No es un destino al que se llega con un pasaporte, sino un camino filosófico lleno de contradicciones históricas y dilemas futuros. Es una idea que se ha transformado desde la rebelión de un exiliado hasta un principio legal que juzga a los tiranos, y que ahora se enfrenta a la pregunta de si su comunidad debe expandirse más allá de la especie humana y del propio planeta tierra.

Al final, ser ciudadano del mundo puede que no se trate de tener las respuestas correctas, sino de atreverse a hacer las preguntas correctas. Si nuestra comunidad moral se expande para incluir a toda la humanidad (y quizás más allá), ¿cuáles son nuestras verdaderas responsabilidades en un mundo que aún estamos aprendiendo a compartir?

 

2 comentarios:

  1. Excelente el artículo, ya que vincula acertadamente la genealogía crítica y multidimensional del cosmopolitismo desmontando su aparente simplicidad ética y revelando su naturaleza históricamente conflictiva, como librepensador me llama mucho la atención el análisis sobre las lealtades múltiples y la comunidad política la solución de los círculos concéntricos de Hierocles, retomadas por Nussbaum, ya que es elegante, pero políticamente ingenua, al presuponer una armonía prestablecida entre las lealtades. Por ejemplo ¿Qué ocurre cuando en los círculos entran en conflictos irreconciliables? Cuando el deber hacia la humanidad (recibir refugiados, inmigrantes) choca con las demandas de la comunidad nacional (proteger el bienestar social interno) ¿Qué principio decide? En ese caso la metáfora de los círculos oculta la dureza de la decisión política en situaciones de escasez o crisis.

    Para ello la "doble ciudadanía" estoica funciona en un marco ético, pero el problema político es la soberanía. El cosmopolitismo jurídico (CPI, derechos humanos) erosiona la soberanía estatal clásica, pero no ha creado una soberanía global legítima y efectiva. Vivimos en un interregno donde los estados siguen siendo los actores principales, pero ya no tienen el monopolio de la legitimidad moral. Esto genera un déficit de autoridad y capacidad de acción colectiva.

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    1. Muchisimas gracias por su comentario. Hay que agregar también cómo se configurará el cosmopolitismo en un escenario Yalta 2.0

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