Desde el
punto de vista espacial la palabra ‘cosmopolitismo’ en principio se limitó con
Diógenes al mundo griego, luego con Roma se extendió al espacio que dominaba,
luego se sustituyó con el cristianismo y ampliando sus confines hasta llegar al
presente que abarca el planeta como un todo. Sin
embargo, las implicaciones de esta palabra son mucho más extraños, complejos y
contradictorios de lo que podemos imaginar. Lejos de ser un simple llamado a la
unidad global, el concepto de cosmopolitismo o ciudadanía mundial es un campo
de batalla filosófico lleno de rebeldes, prejuicios inesperados y preguntas
radicales sobre el futuro.
Desde este
ángulo de análisis, el cosmopolitismo es una realidad espacial constatable si
se observa que desde el espacio ultraterrestre la tierra es un esferoide que no
tiene líneas divisorias en su seno. Esto se conoce como el overview effect
que experimentan los astronautas. El cosmopolitismo visto
desde la perspectiva espacial puede entenderse como una ontología universal que
nos hace reconocer que navegamos en la nodriza del destino en el inmenso cosmos
y nos obliga a repensar la alteridad. En la era de los telescopios como el
James Webb, que escrutan las fronteras del universo, debemos ampliar nuestro
horizonte al cosmos entero considerando que el silencio en estos espacios
infinitos es aterrador y la tecnología es limitada para acceder a él. La
tecnología es el mediador ontológico entre lo humano y lo universal, desde
tres perspectivas.
·
La tecnología como
desterritorializadora radical ha roto la prisión de la perspectiva terrestre
(la que Heidegger llamaba la «tierra» en su sentido más fundamental) y nos
obligan a habitar, aunque sea por instantes, la visión desde fuera. El overview
effect no es solo psicológico: es tecnológicamente producido. La tecnología
desnacionaliza la mirada antes de que la ética siquiera lo intente.
·
La tecnología como infraestructura de
la hospitalidad cósmica porque posibilita cohabitación ampliada y una especie
de cosmopolitismo práctico. Basta pensar en un buque o en la Estación Espacial
Internacional como plataformas que fomentan la interdependencia mutua no solo
nos lleva al cosmos, sino también reescribe el cosmos en nosotros mismos
·
La tecnología puede observarse como
un medio de unión de cosmos y técnica, plural, abierta a múltiples formas de
habitar el universo (cosmotécnica) o un uniformador, donde una sola
racionalidad instrumental (la de la eficiencia, la extracción, la aceleración)
se impone como la única forma legítima de relación con lo real (tecno-cosmos).
En el fondo, la
tecnología es el gran filtro cosmopolita de nuestra época:
Puede hacernos más pequeños y más unidos o puede
agrandar nuestro ego colectivo hasta convertirnos en una especie que se cree
dueña del cosmos en vez de huésped precario del mismo. Teniendo todo
esto presente, vamos a explorar cinco
ideas que desvelan la profunda y conflictiva historia de lo que realmente
significa pertenecer al mundo.
1. El
primer "ciudadano del mundo" era un rebelde que rechazaba la sociedad
Contrario
a la creencia popular, el concepto de ciudadanía mundial no nació de un ideal
de armonía global, sino de un acto de rebelión. El término kosmopolitēs
("ciudadano del mundo") fue acuñado por Diógenes el Cínico, un
filósofo griego exiliado de su ciudad natal, Sinope. Para él, declararse
ciudadano del mundo era una forma de negar su ciudadanía local
y repudiar las convenciones de su comunidad política.
Su
cosmopolitismo era una declaración de independencia radical. Sostenía que no
estaba sujeto a las leyes y costumbres de una ciudad en particular, sino
únicamente a la “ley superior de la naturaleza”. En esencia, se elevaba a sí
mismo por encima de la sociedad. Resulta profundamente contraintuitivo que el
cosmopolitismo no comenzara como un movimiento de inclusión para unir a la
humanidad, sino como un acto de repudio y auto-elevación por parte de un
marginado social que veía las leyes de la comunidad como una limitación a su
libertad personal.
2.
El cosmopolitismo no siempre fue universal: sus grandes pensadores tenían
prejuicios
Es
desconcertante descubrir que muchos de los defensores históricos del
cosmopolitismo, a pesar de promover ideales universales, mantenían puntos de
vista profundamente excluyentes. Un ejemplo paradigmático es Immanuel Kant, uno
de los pilares del pensamiento ilustrado y actual. Aunque defendía la existencia
de una única comunidad moral de seres racionales, sus escritos políticos
proyectaban un orden mundial futuro legislado por Europa. Más allá de su
eurocentrismo, Kant sostuvo puntos de vista explícitamente racistas, sexistas y
colonialistas. Esta contradicción no era una anomalía. Como señala
la Stanford Encyclopedia of Philosophy:
Indeed, numerous authors combined their moral cosmopolitanism
with a defense of the superiority of men over women, or that of “whites” over
other “races.” A notable example is Kant... (Traducción: "En
efecto, numerosos autores combinaron su cosmopolitismo moral con una defensa de
la superioridad de los hombres sobre las mujeres, o la de los 'blancos' sobre
otras 'razas'. Un ejemplo notable es Kant...").
Esta
paradoja revela que incluso las ideas más nobles pueden estar limitadas por los
prejuicios de su tiempo. Nos enseña que para que el universalismo sea
verdaderamente inclusivo, debe ser capaz de criticarse a sí mismo y superar las
inconsistencias de sus propios defensores.
3.
Ser cosmopolita no significa traicionar a tu país
Una
de las críticas más comunes al cosmopolitismo es que nos obliga a elegir entre
ser leales a nuestro país o a la humanidad. Sin embargo, esto es un falso dilema.
Los filósofos estoicos, como Epicteto, ya habían resuelto esta aparente
contradicción con el concepto de "doble ciudadanía". Para ellos, el
deber hacia la propia ciudad se fundamenta precisamente en el hecho de ser
ciudadano del mundo —ya que nuestra capacidad compartida para la razón, que nos
une a toda la humanidad, es la que nos hace aptos para la vida cívica en primer
lugar—, no en oposición a ello.
Esta
línea de pensamiento continúa vigente. La filósofa contemporánea Martha
Nussbaum argumenta que no es necesario renunciar a los afectos particulares y
locales —el amor por la familia, la comunidad o la nación— para ser
cosmopolita. Ella aboga por un “patriotismo crítico” que sea compatible con un “cosmopolitismo
afirmativo”. La idea se ilustra perfectamente con la antigua metáfora de los
círculos concéntricos de Hierocles: “nuestras lealtades se expanden desde el yo
hacia la familia, la comunidad local, el país y, finalmente, hacia toda la
humanidad. Un círculo no anula al otro; más bien, el más amplio contiene y
contextualiza a los más pequeños”.
4.
La próxima frontera de la ciudadanía mundial podría incluir a la naturaleza
Durante
milenios, ser "ciudadano del mundo" fue una idea exclusivamente antropocéntrica.
Ahora, esa frontera fundamental se ha erosionado desde una lectura spinozista
al considerar que todos somos modos de la naturaleza. La conclusión es clara:
el cosmopolitismo filosófico debe transformarse para incluir a los seres no
humanos. Este cambio expande radicalmente el significado de "mundo" y
"ciudadanía", planteando profundas cuestiones éticas sobre cómo
compartimos el planeta.
5.
La "ley cosmopolita" ya no es una utopía: está transformando nuestros
derechos
El
cosmopolitismo, como hemos dicho, ha recorrido un largo camino desde ser un
ideal puramente moral en la antigüedad hasta convertirse en una realidad legal y
política en la era moderna. El punto de inflexión fue la Segunda Guerra
Mundial, cuyo horror impulsó la creación de una "ley cosmopolita"
diseñada para trascender la soberanía absoluta de los estados.
El
filósofo Jürgen Habermas identifica la categoría legal de "crímenes contra
la humanidad" como el ejemplo paradigmático. Este concepto limita la
soberanía de una nación sobre sus propios ciudadanos, convirtiendo a los
individuos en sujetos del derecho internacional. En otras palabras, este principio
establece que usted, como individuo, tiene derechos que su propio gobierno no
puede violar sin tener que responder ante el mundo. Por primera vez en la
historia, la persona se convierte en un sujeto del derecho internacional, no
solo el Estado. Instituciones como las Naciones Unidas y la Corte Penal
Internacional (CPI) son manifestaciones concretas de este principio, donde los
derechos humanos individuales pueden, en teoría, prevalecer sobre la soberanía
estatal. Aunque imperfecto, politizado y poco eficaz, este desarrollo ya tiene
un impacto tangible en la política global y ha redefinido para siempre los
límites del poder estatal y el alcance de nuestros derechos.
¿Qué
Significa Ser Ciudadano de un Mundo en Construcción?
Como
hemos visto, ser un “ciudadano del mundo” es un concepto mucho más dinámico,
conflictivo y profundo de lo que su uso popular sugiere. No es un destino al
que se llega con un pasaporte, sino un camino filosófico lleno de
contradicciones históricas y dilemas futuros. Es una idea que se ha transformado
desde la rebelión de un exiliado hasta un principio legal que juzga a los
tiranos, y que ahora se enfrenta a la pregunta de si su comunidad debe
expandirse más allá de la especie humana y del propio planeta tierra.
Al
final, ser ciudadano del mundo puede que no se trate de tener las respuestas
correctas, sino de atreverse a hacer las preguntas correctas. Si nuestra
comunidad moral se expande para incluir a toda la humanidad (y quizás más
allá), ¿cuáles son nuestras verdaderas responsabilidades en un mundo que aún
estamos aprendiendo a compartir?

Excelente el artículo, ya que vincula acertadamente la genealogía crítica y multidimensional del cosmopolitismo desmontando su aparente simplicidad ética y revelando su naturaleza históricamente conflictiva, como librepensador me llama mucho la atención el análisis sobre las lealtades múltiples y la comunidad política la solución de los círculos concéntricos de Hierocles, retomadas por Nussbaum, ya que es elegante, pero políticamente ingenua, al presuponer una armonía prestablecida entre las lealtades. Por ejemplo ¿Qué ocurre cuando en los círculos entran en conflictos irreconciliables? Cuando el deber hacia la humanidad (recibir refugiados, inmigrantes) choca con las demandas de la comunidad nacional (proteger el bienestar social interno) ¿Qué principio decide? En ese caso la metáfora de los círculos oculta la dureza de la decisión política en situaciones de escasez o crisis.
ResponderEliminarPara ello la "doble ciudadanía" estoica funciona en un marco ético, pero el problema político es la soberanía. El cosmopolitismo jurídico (CPI, derechos humanos) erosiona la soberanía estatal clásica, pero no ha creado una soberanía global legítima y efectiva. Vivimos en un interregno donde los estados siguen siendo los actores principales, pero ya no tienen el monopolio de la legitimidad moral. Esto genera un déficit de autoridad y capacidad de acción colectiva.
Muchisimas gracias por su comentario. Hay que agregar también cómo se configurará el cosmopolitismo en un escenario Yalta 2.0
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