miércoles, 15 de abril de 2026

FILOSOFÍA E HISTORIA: HERÓDOTO, TUCIDIDES Y POLIBIO

  


Introducción

La Grecia clásica, en el siglo V a.C., es considerada el espacio donde se originó la historiografía, es decir, el estudio de las obras de los historiadores, sus métodos, sus fuentes, sus enfoques teóricos y las tendencias a lo largo del tiempo. Heródoto y Tucídides son sus principales referentes de este inicio debido a que se plantearon preguntas como: ¿qué mueve al mundo? ¿El destino, los dioses o la ambición descarnada del hombre? Por ello vamos a examinar la obra de estos dos autores y finalizaremos analizando cómo la influencia griega permeó la cultura romana.

Heródoto (Siglo V a.C.): El Padre de la Historia en Occidente y la Indagación

Heródoto de Halicarnaso es reconocido como el referente fundamental para la escritura de la historia en la tradición occidental debido a que su obra fue un evento epistemológico fundamental en la transición del pensamiento mítico al pensamiento racional[1]. Es tradicionalmente llamado el «Padre de la Historia» porque su obra es la primera indagación en prosa extensa y estructurada de las acciones humanas con fines de esclarecer un hecho o un evento determinado. Heródoto tuvo como objetivos, expresados en el proemio, en primer lugar, evitar que las obras humanas se desvanezcan con el tiempo y explicar la razón o causa (aitía) del conflicto entre griegos y bárbaros y, en segundo lugar, mostrar que las vidas de las civilizaciones están sujeta a ciclos: muchas polis que en el pasado fueron poderosas han caído, y las que son grandes en su tiempo antes fueron insignificantes. Estos objetivos nos indican en sí el sentido de la investigación herodotiana.

Su obra se basó en la ‘indagación’ (‘historia’, un término jónico que denotaba descripción e investigación) realizada como un antropólogo que intentó comprender por qué griegos y aqueménidas se enfrentaron trascendió la política para arribar a una especie de fisiología de la cultura. Un aspecto distintivo de su enfoque era su propósito didáctico. Tanto Heródoto como Tucídides atribuían gran importancia a dotar de sentido al pasado para el público, funcionalizando los eventos históricos a través de modelos poéticos preexistentes como los de Homero. Heródoto, después de describir la historia, geografía y costumbres de los pueblos ‘bárbaros’ de Oriente centrado en el Imperio aqueménida (también egipcios, escitas, lidios) buscaba exponer las causas de las guerras entre griegos y ‘bárbaros’ desde la revuelta jónica hasta la victoria final griega, con el objetivo de salvaguardar las hazañas de ambos del olvido. El hilo conductor es el ascenso del poder persa y su inevitable colisión con el mundo griego. Heródoto explora temas como: en primer lugar, la ‘fatalidad’ que remite a la idea de la fortuna (tiempo cíclico), es decir, hoy estás arriba, mañana abajo, por lo que no hay un progreso lineal, sino una compensación constante, en segundo lugar, el peligro de la ‘desmesura’ (hybris) que remite a una justicia cósmica que se produce cuando un orden acumula demasiado poder o riqueza y, en tercer lugar, la importancia de la libertad griega frente a la autocracia persa. Desde esta perspectiva, en Heródoto está la idea de un cosmos observado a partir de un equilibrio moral. Por tanto, se puede afirmar que, para él, la historia es una lección ética.

Su método, es decir, el cómo de la investigación, incluía un enfoque comparativo etnográfico que incorporaba aspectos económicos, políticos, sociales y culturales de los pueblos objeto de estudio. Para él, la verdad de la indagación (historia) reside en la suma de todas las perspectivas humanas. Este método se fundamentaba en los conocimientos adquiridos durante sus viajes de estudio, así como en la corroboración de pruebas y la observación de supervivencias del pasado en su presente. Es decir, se basaba en tres momentos: Autopsía, Akoé y Gnome. El primero es la autopsía (visión directa), mediante la cual el autor viajó por Egipto, Mesopotamia, Escitia y otras regiones para observar y verificar por sí mismo (opsis) monumentos, geografías y costumbres. El segundo es la akoé (audición o testimonio oral de primera o segunda mano), que consiste en la recopilación de relatos de diversas fuentes, reconociendo siempre su subjetividad y, en ocasiones, presentando versiones contradictorias de un mismo hecho logrando con ello, por una parte, un importante grado de imparcialidad y, por la otra, que el lector ejerza su propio juicio. El tercero es la gnome (juicio o reflexión), el filtro racional a través del cual el historiador analiza la verosimilitud de lo oído y lo visto, proponiendo explicaciones basadas en la analogía y la probabilidad.

Al crear un continuum de eventos humanos logró ordenar el pasado en torno a una temporalidad humana, diferenciándose de los ciclos atemporales o circulares del mito o la leyenda. A pesar de su esfuerzo en no se desprende de la apelación a la intervención divina, los oráculos o el castigo del destino. La divinidad en Heródoto actúa, en general, como un principio de retribución cósmica (tisis) que castiga el exceso humano, pero el desencadenante de dicha retribución es siempre una acción mortal. Vamos a destacar ahora algunos aspectos de su obra en concordancia con la línea discursiva empleada en el mundo pre-griego.

En primer lugar, el Libro II de las Historias, dedicado íntegramente a Egipto, Heródoto observa con admiración la civilización egipcia, reconociendo en ella una antigüedad y una sofisticación que obligan a los griegos a reconsiderar su propia posición en el mundo. Al describir costumbres que son el reverso exacto de las griegas —como la escritura, los ritos religiosos o las funciones de género—, Heródoto introduce la noción de que la cultura es una construcción de nomoi (leyes o costumbres) específicos de cada pueblo. En este sentido tomó la famosa cita de Píndaro: «la costumbre es rey de todos» para desarrollar su tesis sobre el relativismo cultural. El autor ilustra esta tesis mediante el experimento de Darío con los griegos y los calatias: mientras que los primeros se horrorizan ante la idea de comerse a sus padres muertos, los segundos se escandalizan por la práctica griega de quemarlos. Para Heródoto, no existe una medida universal de corrección en las costumbres, ya que cada pueblo considera las suyas como las mejores con lo cual su orientación tuvo importantes implicaciones éticas. Su interés ha sido comprender, como un mediador hermenéutico, la coherencia interna de cada nomos.

En segundo lugar, establece ejemplos donde destaca el tema de la desmesura. El primero relacionado con el exceso de prosperidad del rey lidio Creso en el dialogo que sostuvo con Solón (Libro I): «nadie puede ser llamado dichoso mientras siga vivo, pues la divinidad es envidiosa y perturbadora y la fortuna puede cambiar en un instante». La caída posterior de Creso ante Ciro el Grande confirmó la advertencia de Solón. El segundo, relacionado con la cadena de Hybris y Tisis: El ciclo comienza con el koros (saciedad o exceso de bienes), que conduce a la hybris (desmesura o insolencia orgullosa). El sujeto, cegado por su propio poder (ate), comete una transgresión que rompe el equilibrio de la justicia (díke). Finalmente, tisis (castigo o retribución) interviene para restaurar el orden perdido. Este esquema se aplica a la fracasada expedición de Jerjes contra Grecia. Su derrota no fue solo el resultado de la superioridad táctica griega, sino la manifestación de una ley superior que prohíbe al hombre extender su dominio más allá de lo natural.

En tercer lugar, la teoría política (Libro III) relacionada con las formas de gobierno. Es decir, el debate atribuido a Ótanes, Megabizo y Darío a cerca de la Isonomía, Oligarquía y Monarquía:

  1. Defensa de la Isonomía (Ótanes): Ótanes ataca la monarquía basándose en el efecto corruptor del poder absoluto. Argumenta que incluso el hombre más virtuoso, al no tener que rendir cuentas, se desvía de su norma natural y cae en la soberbia y la envidia. En su lugar, propone el gobierno de los ciudadanos o isonomía (igualdad de derechos políticos), donde los cargos se sortean, los gobernantes rinden cuentas y las decisiones se toman en asamblea.
  2. Defensa de la aristocracia (Megabizo): Megabizo coincide en la crítica a la tiranía, pero rechaza la democracia, calificándola como el gobierno de una "multitud inepta e insolente". Propone la aristocracia como el gobierno de los mejores hombres, asumiendo que de los mejores saldrán las mejores decisiones.   
  3. Defensa de la Monarquía (Darío): Darío refuta ambas posiciones argumentando que la aristocracia genera rivalidades feroces por el poder y que la democracia conduce inevitablemente a la corrupción, lo que obliga a la aparición de un líder fuerte que restaure el orden. Sostiene que la monarquía es el sistema más eficaz para mantener el secreto de estado y la estabilidad del pueblo.   

La elección final de la monarquía por parte de los persas sirve a Heródoto para explicar la naturaleza autocrática del Imperio persa frente a la libertad griega, pero los argumentos de Ótanes permanecen como el fundamento intelectual de la democracia ateniense que el autor tanto admira.

En cuarto lugar, Heródoto propuso una tesis provocadora: la libertad es el motor de la excelencia humana y la eficacia militar. Este vínculo entre sistema político y carácter ético es una de las reflexiones más duraderas de su obra y nos permite hablar de Identidad y libertad. En relación con la identidad en el Libro VII, se incluye una conversación entre Jerjes y el exiliado espartano Demarato resume esta dialéctica. Cuando Jerjes pregunta cómo un puñado de griegos podrá resistir a su inmenso ejército, Demarato responde que los griegos, aunque libres, tienen un dueño al que temen más de lo que los persas temen al Gran Rey: la Ley (Nomos). Esta subordinación voluntaria a la ley racional frente a la obediencia ciega a un autócrata es lo que define, según Heródoto, la superioridad moral de los griegos. Desde esta perspectiva, el conflicto no fue solo geopolítico, sino un choque de valores fundamentales: la libertad (eleuthería) frente al poder absoluto.

Para finalizar, las Historias de Heródoto son, por una parte, un tratado sobre la moderación (sophrosyne) y el reconocimiento de nuestra común vulnerabilidad ante los giros de la fortuna y, por la otra, nos invita a mirar el mundo como un escenario abierto donde la memoria, la cultura y la ética se entrelazan para dar forma al destino de nuestra especie.

Tucídides (Siglo V a.C.): historia, relaciones internacionales y geopolítica

Con Tucídides la historia deja de ser un drama moral para convertirse en un estudio de la conducta humana[2]. Él presentó su obra como el análisis de un período crucial del mundo griego buscando desocultar los aspectos permanentes de las relaciones humanas en lugar de lo meramente contingente. Su metodología, fundamentada en la prophasis frente a las justificaciones oficiales, hereda principios de la escuela hipocrática, como la deducción de causas mediante observación e inducción, basada en la experiencia y el raciocinio. Distinguía claramente entre aitía (la causa profunda) y prophasis (los pretextos o motivos ocasionales). En este sentido, su historia es lineal, rigurosa y tendencialmente pesimista. Ello se resume en la siguiente frase: «el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe». Por este motivo se le asocia con el realismo político y la Ananke (Necesidad) puesto que, para él, los dioses no intervienen en los sucesos humanos. Los motores de los hechos humanos son tres: el miedo, el honor y el interés observados como necesidades de nuestra condición humana. La guerra no ocurre por un castigo divino, sino por la lógica del poder (el famoso «Dilema de Tucídides»: el temor de Esparta de que el acrecentamiento del poder de Atenas los convirtiera a todos en vasallos.

La obra de este autor fue considerada como histórica en el sentido actual del término porque hizo un análisis crítico del pasado reciente, pero en un momento de su investigación comenzó a analizar el presente que estaba viviendo en las condiciones en que estaba acaeciendo los acontecimientos. Su estudio a posteriori por otros autores catalogó dicha obra como histórica.

El programa de Tucídides enfatizaba la búsqueda de la mayor objetividad posible para acercarse a la realidad de lo sucedido. En la narración de los hechos, se basó en la selección de los mejores testigos para realizar una crítica profunda y en la selección de aquellos eventos que consideraba relevantes para el objetivo de su obra. Según Romilly, Tucídides ejerce una «objetividad dirigida» y un control absoluto sobre los datos, subordinándolos a una jerarquía que busca transitar desde lo verdadero hacia lo «más verdadero»[3]. Esta orientación es, como dijimos, la manifestación de una nueva ciencia del hombre que nacía en el siglo V a.C. en Atenas[4]. Respecto a los discursos, aunque eran imaginados, reelaborados y estilizados por el autor, funcionaban como un sistema de argumentación y reflejaban el ambiente intelectual dominado por la retórica y los sofistas de su tiempo. La obra también se caracteriza por la contextualización del tema principal a través de excursos como la “Arqueología”, que servía para hacer comprensible el presente a través del pasado.

Además de ello, el sistema filosófico que Romilly descubre en Tucídides se articula en torno a la tríada conceptual de gnome (inteligencia), logos (discurso) y ergon (hecho). En este esquema, el pensamiento humano es el antecedente necesario de la acción. La gnome es la facultad que permite a líderes como Pericles o Temístocles comprender una situación histórica compleja y tomar decisiones que maximicen el beneficio de la polis. Sin embargo, la razón no opera en el vacío; se manifiesta a través del logos, el discurso racional que busca persuadir y justificar la acción ante la asamblea o la fuerza armada. Estos discursos funcionan como una «aritmética de argumentos» donde se contrastan dos procesos de razonamiento opuestos, cuya validez se decide finalmente en el terreno de los hechos, el ergon. La relación entre el plan (gnome) y el resultado (ergon) es el laboratorio donde el historiador prueba la solidez de su ciencia política. La inteligencia humana, no obstante, se enfrenta permanentemente a la tykhe (fortuna o azar), aquel elemento de imprevisibilidad que puede desbaratar el plan más elaborado. Para Tucídides, según Romilly, la excelencia política reside en minimizar el impacto de la tykhe mediante la disciplina y el cálculo racional, aunque reconoce que el azar siempre guarda una cuota de incertidumbre en los asuntos humanos. 

Desde la perspectiva investigativa (histórica) Tucidides nos habla desde la arqueología para desembocar en las relaciones entre comunidades y la geopolítica. Arqueológicamente Tucídides traza la evolución de Grecia desde el nomadismo primitivo hasta la hegemonía de Atenas, identificando una tendencia constante hacia la acumulación de poder basada en la superioridad técnica y económica. Este proceso puede ser entendido bajo el prisma de la evolución positiva y progreso en la civilización. Pero también nos muestra la crisis a través de la stasis o discordia como fermentos de la guerra civil. Tucídides destacó a través de la guerra civil en Corcira (Libro III) cómo, en tiempos de conflicto extremo, la moralidad se invierte y el propio lenguaje pierde la estabilidad de su significado. Esta «patología del poder» demuestra que, cuando el tejido social se desgarra, la inteligencia humana deja de servir a la previsión constructiva y se convierte en un instrumento para la traición y la venganza. Entonces también encontramos en Tucidides la idea del ciclo.

En el plano de las relaciones interestatales Atenas justifica su imperio, no Tudidides que se inclinó por la moderación, mediante lo que Romilly denomina la «Tesis Ateniense», articulada en el discurso de sus embajadores en Esparta: el dominio de los fuertes sobre los débiles es una ley universal impulsada por los tres motores antes mencionados. En este sentido, Tucídides documenta cómo las ciudades aliadas de Atenas solo se rebelan cuando perciben una debilidad en la potencia hegemónica, lo que indica que el sistema se mantiene por el «silencio del miedo» y no por el consentimiento. Las expresiones más claras de esta actitud están relacionadas con el dialogo de los melios (Libro V). El diálogo de los melios constituye el epicentro de la tensión entre el realismo y la ética. Los atenienses rechazan apelar a la justicia o a los dioses, afirmando que el derecho solo existe entre iguales en poder, mientras que en otros casos los fuertes imponen su voluntad y los débiles sufren las consecuencias: «En política lo útil está de acuerdo con la seguridad del Estado, mientras que practica lo justo y lo honesto lo expone a graves riesgos». Este dialogo se ubica justo antes de la expedición a Sicilia para señalar la hybris (arrogancia) de Atenas. Romilly, aunque reconoce la dureza del pasaje, tiende a defender la fe de Tucídides en la razón. Estas circunstancias nos remiten a la operación naval en Siracusa y a la geopolítica.

Pericles representó para Tucídides el ideal del estadista cuya inteligencia superior le permitía guiar al pueblo con moderación y firmeza, sin ceder a sus pasiones transitorias. Su estrategia de guerra naval era una obra maestra de la gnome: evitar la batalla campal contra la superioridad terrestre espartana (epirocracia) y confiar en el poder naval ateniense para sostener un conflicto de desgaste (talasocracia). Sin embargo, tras su fallecimiento, Atenas cae en manos de líderes que Romilly denomina ‘demagogos’, quienes utilizan la razón no para el bien público, sino para la satisfacción de ambiciones personales o el halago a la multitud. Alcibíades, en este sentido, encarna la ruptura definitiva entre la inteligencia y la moderación llevando a Atenas a la desastrosa aventura siciliana por el mero deseo de gloria personal. 

Tucídides realizó un análisis magistral del asedio de Siracusa (Libros VI y VII) para demostrar cual fue la lógica interna de las operaciones militares. Este análisis es una exposición cuidadosamente orquestada sobre la interconexión entre la topografía, el armamento, la moral y la toma de decisiones. Tucídides enfatiza cómo los siracusanos logran prevalecer sobre los atenienses mediante una adaptación racional a las condiciones del terreno y un incremento progresivo de su confianza (rhome) y entusiasmo (prothumia). Este análisis demuestra que, para Tucídides, la victoria militar es, ante todo, una victoria de la inteligencia y la previsión sobre la improvisación y el deseo desmedido.

En relación con la geopolítica la vigencia de las categorías tucidídeas se observan, en primer lugar, en la estructura del sistema internacional y la oposición a partir de la relación con el espacio y, en segundo lugar, a través del concepto de la «Trampa de Tucídides». Este marco sugiere que la guerra se tornó ‘inevitable’ no por una voluntad maligna, sino por el miedo estructural que genera el cambio en el equilibrio de poder. Con respecto a la estructura, la idea de polaridad en el sistema internacional usa la bipolaridad Esparta-Atenas como modelo a partir de la oposición talasocracia-epirocracia en función de la relación de ambas polis con el espacio[5]. En relación con la ‘trampa’ el riesgo de desencadenar una guerra por parte de una potencia en declive para detenerlo es un riesgo grave como lo corroboraron los propios espartanos al final de la guerra. Esta actitud vista como modelo permite explicar el estallido de la primera guerra mundial y la actual guerra en el Cercano Oriente. Esto nos permite hacer unas comparaciones con Heródoto.

En general Tucídides tradicionalmente ha sido visto como el historiador más ‘científico’ y riguroso que Heródoto. Sin embargo, Heródoto posee una visión antropológica más amplia y compleja de la que comúnmente se le reconoce. Mientras que Tucídides busca las leyes inmutables de la naturaleza humana basadas en el poder, el interés y el miedo para predecir comportamientos futuros, Heródoto se interesa por la contingencia, la diversidad de las culturas y la influencia de lo divino en los asuntos humanos bajo la premisa que la verdad histórica no se agota en el análisis de las estructuras de poder, sino que requiere la comprensión de la mentalidad, la religión y el mito que dan sentido a la vida de los pueblos: los seres humanos no solo nos movemos por intereses racionales de poder, sino también por historias, mitos y una sed de significado que trasciende la lógica militar. Tucídides nos enseña cómo funciona el mundo; Heródoto nos recuerda por qué vale la pena vivir en él, a pesar de su inevitable tragedia.

La Historiografía Romana: Anales, Biografías y el Valor Moral

La historiografía romana, influenciada por sus predecesores griegos desarrolló sus propias características con un fuerte énfasis en lo artístico, moral y político.

En Roma, la historiografía se consolidó como un género literario que narraba los hechos históricos desde una perspectiva artística. Se caracterizaba por la inclusión de descripciones detalladas de países, costumbres y el carácter de los personajes como observamos en Heródoto, así como discursos intercalados (reales o ficticios) y comentarios del autor que revelaban su visión de los acontecimientos como observamos en Tucidides. Este desarrollo se enmarcó en una preocupación por la supuesta decadencia de los mores maiorum (costumbres de los antepasados) y la admiración por la grandeza de los tiempos pretéritos. La historiografía romana buscaba extraer modelos (exempla) para la conducta individual y colectiva como observamos en Tito Livio.

Los orígenes de la historiografía romana se encuentran en los secos Annales pontificum, registros concisos de los sucesos más importantes acaecidos durante cada consulado. Los primeros intentos de historiadores romanos, como Quinto Fabio Píctor y Lucio Cincio Alimento, se sirvieron de la lengua griega, reflejando la difusión del helenismo y cumpliendo una función diplomática y propagandística. En este sentido, Polibio y Plutarco, a pesar de ser griegos, jugaron un papel destacable.

Con el tiempo, se desarrollaron formas más elaboradas, incluyendo biografías, como la extensa obra De viris illustribus de Cornelio Nepote, que contenía las vidas de grandes hombres de Roma y Grecia. Julio César, en sus propios relatos, narró hechos que le afectaban directamente, demostrando un gran valor literario y una exquisita pureza lingüística. Salustio, por su parte, escribió sobre historia contemporánea con una clara intención moralizadora, como en sus obras sobre la Conjuración de Catilina y la Guerra de Jugurta. Tito Livio compuso una magna obra dedicada a las glorias de Roma. Finalmente, Tácito concibió la historia como un ‘drama’, poniendo un fuerte énfasis en la psicología de los personajes y utilizando la comparación entre la depravación romana y la austeridad de los ‘bárbaros’ para fines moralizadores y políticos.

La emergencia de la historiografía griega y romana representó una profunda transformación en la concepción del conocimiento del pasado. Heródoto marcó un giro del mito hacia la historia como ‘indagación’ y «búsqueda de la verdad basada en la prueba». Tucídides profundizó esta racionalización con su método de causas y síntomas, y su uso de la arqueología y la retórica para comprender el presente a través de una explicación racional del pasado. La historiografía romana, aunque con un fuerte componente moral y propagandístico, también se alejó de la mera narración mítica para registrar y analizar eventos, incluso si su propósito era extraer ejemplos a seguir de conductas específicas. Este proceso no fue solo una evolución de la narrativa, sino también, como en el caso griego, una revolución epistemológica que sentó las bases para la historia como una forma de conocimiento distinta y racional, separada de la poesía y el mito, aunque aún con propósitos didácticos y morales como lo observamos en la India y Egipto. Este cambio de paradigma, de ‘creer’ a ‘indagar’, constituye el primer paso crucial en una genealogía de los métodos de explicación histórica. En este sentido, se destaca el pensamiento de Polibio de Megalópolis (c. 208-125 a.C.) porque nos conduce a las aguas de la política en los mismos términos que observamos en Heródoto.

Polibio desarrolló una obra que nos ha llegado de forma incompleta donde trató de explicar cómo Roma logró dominar el mundo mediterráneo en un lapso de 53 años (220-167 a.C.) entrelazando y unificando los acontecimientos de todo el mundo conocido a través de las conquistas romanas. En su metodología buscó encontrar las causas y consecuencias de los acontecimientos desde una perspectiva utilitaria (historia pragmática), es decir, aprender de los errores del pasado para tomar decisiones políticas y militares futuras. Su análisis de la constitución romana (Libro VI) es su contribución más importante a la ciencia política. Basándose en Aristóteles, describe un ciclo de degeneración de las formas de gobierno (la anaciclosis) y describe cómo Roma se hizo estable por un largo periodo debido a su constitución mixta que integra elementos de: Monarquía (Cónsules), Aristocracia (Senado) y Democracia (Asambleas Populares) a pesar de que también estuvo sujeta a la ley biológica y cósmica de decadencia.

La metodología de Polibio se caracterizó por su rigurosidad. En ella defendió la importancia de la experiencia personal en asuntos militares y políticos para poder escribir una historia precisa, algo que él poseía como líder de la Liga Aquea y como rehén en Roma (donde accedió a influyentes círculos romanos, como el de Escipión). En este sentido, abogó por la sobriedad y concisión en el lenguaje, rechazando el estilo retórico y florido de su época, en favor de un enfoque racional y claro a pesar de que se le criticó por su pro-romanismo y falta de neutralidad y por su determinismo en relación con los ciclos históricos.

Por último, hablaremos de Flavio Josefo (Yosef ben Matityahu) debido a que es fundamental para el estudio de la historia judía del siglo I d.C. y del contexto del cristianismo primitivo. Sus escritos son una fuente importante, junto con la Biblia, para comprender la historia y la geografía de Judea en el siglo I d. C., porque proporciona un contexto histórico valioso para la interpretación de algunos evangelios del Nuevo Testamento, a pesar de su establecimiento varios siglos después, especialmente, al mencionar figuras como los Herodes, Poncio Pilato, Juan el Bautista y, de forma controvertida, a Jesucristo, por lo que es la principal fuente sobre la historia judía de la época puesto que explica el fin del Segundo Templo y el surgimiento del cristianismo.

 



[1] Heródoto de Halicarnaso (430 a.C. [1981]). Historia. Obra completa. Madrid. (T. C. Schrader). Editorial Gredos.

[2] Tucidide. (423 a.C. [1984]). Guerra del Peloponneso. (4ª ed.). (T. Ezio Sabino) Milano: Garzanti, 604 p.

[3] Romilly, Jacqueline. (2013). Tucidides: Historia y Razón. Madrid. (T. J. Terré Alonso). Editorial Gredos.  288 p

[4] Blanco, E. (2025). Los Sofistas, Tucidides y el Sentido Común. Caracas. Festina Lente BG. Documento en línea. Disponible: https://edgareblancocarrero.blogspot.com/2025/08/los-sofistas-tucidides-y-el-sentido.html

[5] Aron, R. (1989). Paz y Guerra entre las Naciones. (8ª ed.) (T. L. Cuervo). Madrid. Alianza. 895 p. Ver Tambien: Blanco, E. (2016). Talasocracia vs. Epirocracia ¿las dos caras de la guerra civil global? Reflexión acerca de Venezuela y Cuba y la crisis de los misiles de 1962 en una visión prospectiva. Caracas. Festina Lente BG. Documento en línea. Disponible: https://edgareblancocarrero.blogspot.com/2015/10/talasocracia-vs-epirocracia-las-dos.html

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