miércoles, 22 de julio de 2026

UNA SOCIEDAD JUSTA, NO ASISTENCIALISTA LECCIONES DE LEE KUAN YEW PARA UNA VENEZUELA DE OPORTUNIDADES

  



Por Gustavo Sosa Larrazábal 

Introducción

Hace poco más de sesenta años, dos países situados en extremos opuestos del planeta parecían destinados a recorrer caminos muy distintos.

El primero de ellos, llamado Singapur, es una pequeña isla del sudeste asiático, que dejó de ser colonia británica en 1963 y se convirtió en un Estado soberano el 9 de agosto de 1965. Su geografía carece de recursos naturales, con una población diversa compuesta por el 75% de chinos, el 15% de malayos y el 10% de nativos de la India. Su territorio inicial era de 581 Km2, que con el tiempo ha ganado unos 150 Km2, por reclamación de tierras, sin materias primas ni minerales, sin tierras agrícolas y sin autosuficiencia de agua. Todas estas condiciones auguraban un futuro incierto. El único recurso real con el que contaban no estaba bajo tierra, sino el mapa: su ubicación estratégica en la entrada del Estrecho de Malaca, donde se cruzan las rutas marítimas más importantes del planeta, que conectan el Océano Índico con el Océano Pacífico.

El otro país era una nación privilegiada por la naturaleza, llamada Venezuela, con vastas reservas de petróleo, abundantes recursos minerales, tierras fértiles y una ubicación estratégica en el norte de América del Sur.

Pocos habrían imaginado entonces que esa pequeña isla terminaría convirtiéndose en una de las economías más desarrolladas de nuestro planeta, mientras la nación rica en recursos naturales enfrentaría una completa quiebra económica e institucional.

La diferencia entre ambos países no estuvo determinada por la geografía ni por la suerte. Tampoco puede explicarse únicamente por sus recursos naturales. La verdadera diferencia radicó, sobre todo, en las decisiones que tomaron sus dirigentes y en los valores que lograron fortalecer dentro de la sociedad.

Estas notas no pretenden afirmar que Venezuela deba convertirse en una copia de Singapur. Sería un error. Cada país posee una historia, una cultura y una realidad propias. Las soluciones que funcionaron en una nación no pueden trasladarse mecánicamente a otra.

Sin embargo, sí es posible aprender, adaptar y aplicar ciertos principios rectores en el gobierno de un país, tal como lo describe Lee Kuan Yew, Primer Ministro de Singapur durante más de tres décadas, en su libro “From Third World to First” (Del Tercer Mundo al Primero). Él dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre esos principios. Entre ellos destaca uno que sigue siendo motivo de debate en muchas democracias: la diferencia entre construir una sociedad justa o construir una sociedad basada en la dependencia permanente del Estado.

La expresión que da título a este ensayo — Una sociedad justa, no asistencialista — resume un principio sencillo pero profundo. Una sociedad verdaderamente justa no es aquella donde el gobierno resuelve todos los problemas de sus habitantes, sino aquella que crea las condiciones para que ellos puedan resolverlos por sí mismos, mediante la educación, el trabajo, el ahorro, el esfuerzo individual, colectivo y el respeto por la ley.

Esta afirmación suele generar incomodidad. Algunos la interpretan como un llamado a reducir la solidaridad con quienes más lo necesitan. No lo es. Una sociedad justa protege a quienes atraviesan momentos difíciles y procura que nadie quede abandonado. La diferencia está en el propósito de esa ayuda. Su objetivo no debe ser crear dependencia, sino abrir nuevamente el camino hacia la autonomía productiva.

Este principio resulta especialmente relevante para Venezuela, que durante décadas disfrutó de una riqueza petrolera extraordinaria que permitió financiar amplios programas sociales y un Estado todopoderoso, cada vez más presente en la vida económica del país. Algunas de esas iniciativas respondieron a necesidades reales que mejoraron temporalmente las condiciones de vida de la población. Sin embargo, también surgieron prácticas que fomentaron la dependencia de la renta petrolera, el clientelismo, la corrupción y la expectativa de que el Estado podía resolver, por sí solo, los problemas individuales y colectivos.

La experiencia de Singapur invita a plantear una pregunta distinta: ¿cómo construir una sociedad donde el principal patrimonio de cada ciudadano no sea un subsidio del gobierno, directo o indirecto, sino su capacidad para crear, trabajar, ahorrar, innovar y progresar?

Responder a esa pregunta exige mirar más allá de las diferencias políticas. Requiere fortalecer las instituciones, proporcionar educación de calidad a todos los niveles, exigir responsabilidad directa e indirecta, premiar el mérito, generar confianza y premiar la productividad. En otras palabras, exige concentrarse en aquello que hace posible el desarrollo sostenible.

Las páginas que siguen no ofrecen recetas infalibles ni soluciones instantáneas. Tampoco buscan idealizar la experiencia de Singapur. Su propósito es más modesto y, al mismo tiempo, más ambicioso: invitar al lector venezolano a reflexionar sobre los principios que pueden ayudar a construir una sociedad donde, las oportunidades sean más importantes que las dádivas, y donde la prosperidad nazca del esfuerzo compartido entre ciudadanos e instituciones. A continuación, se presenta el esquema que vamos a seguir en esta investigación: (1) ¿Qué es una sociedad justa?, (2) los límites del asistencialismo, (3) meritocracia: el motor del progreso, (4) educación: la verdadera igualdad de oportunidades, (5) trabajo, Estado y solidaridad: los pilares de una sociedad libre y (6) Conclusiones.

Si al finalizar este ensayo el lector concluye que el verdadero desarrollo comienza cuando una nación decide confiar en la capacidad de su gente y fortalecer las instituciones que hacen posible ese esfuerzo, entonces estas páginas habrán cumplido su propósito.

1.- ¿Qué es una Sociedad Justa?

¿Qué hace que una sociedad sea verdaderamente justa? Durante décadas, el debate político ha girado en torno a la distribución de la riqueza. Para algunos, la justicia consiste en que el Estado garantice a todos sus ciudadanos un determinado nivel de bienestar mediante subsidios, transferencias y programas sociales. Para otros, una sociedad justa es aquella que ofrece a cada ciudadano la libertad y las oportunidades necesarias para construir su propio futuro.

Este conciso ensayo sostiene que la justicia social no puede basarse en la dependencia permanente del Estado. La función de una sociedad justa es crear las condiciones para que cada individuo pueda desarrollar plenamente sus capacidades mediante la educación, el trabajo, el esfuerzo y el mérito.

Ello no significa abandonar a quienes enfrentan circunstancias extraordinarias. Toda sociedad tiene la obligación moral de proteger a quienes, temporal o permanentemente, no pueden valerse por sí mismos. Sin embargo, convertir la asistencia en una política permanente termina debilitando la iniciativa individual, reduciendo la productividad y afectando el crecimiento económico.

La experiencia venezolana constituye un ejemplo elocuente. Durante años, el Estado sustituyó progresivamente la cultura del trabajo y del mérito por una política basada en subsidios, controles, nepotismo y dependencia económica. El resultado fue el deterioro de las instituciones, la disminución de la producción, el empobrecimiento general de la población y una creciente pérdida de oportunidades para millones de ciudadanos.

Frente a esa realidad, este ensayo propone una concepción distinta de la justicia social: una sociedad que garantice la igualdad de derechos y de oportunidades, proteja a los más vulnerables y, al mismo tiempo, promueva la responsabilidad individual, el emprendimiento y la creación de riqueza como fundamento del bienestar colectivo.

Con frecuencia se identifica la justicia con la igualdad de resultados. Sin embargo, las personas poseen talentos, aspiraciones, capacidades y circunstancias diferentes. Pretender que todos alcancen exactamente el mismo nivel económico no solo resulta irreal, sino que suele exigir una intervención estatal que limita la libertad y desincentiva el esfuerzo.

Una sociedad justa no garantiza resultados idénticos; garantiza reglas iguales para todos. Su propósito es ofrecer a cada ciudadano la posibilidad real de progresar mediante su trabajo, su preparación y su iniciativa, sin privilegios ni discriminaciones.

La igualdad de oportunidades constituye el fundamento de esta visión. Todos deben tener acceso a una educación de calidad, protección jurídica, instituciones imparciales y un entorno donde el mérito pueda desarrollarse. A partir de allí, serán las decisiones individuales, el esfuerzo y la perseverancia, los que expliquen buena parte de las diferencias en los resultados obtenidos.

La justicia también exige responsabilidad. Los derechos y los deberes son inseparables. Una sociedad donde los ciudadanos esperan que el Estado resuelva permanentemente sus necesidades termina debilitando la iniciativa personal y trasladando al poder político responsabilidades que corresponden a cada individuo, a las familias y a la sociedad civil.

Esto no significa ignorar las desigualdades ni las dificultades que enfrentan muchas personas. Existen circunstancias —como una discapacidad, una enfermedad grave o una catástrofe natural— que justifican plenamente la intervención solidaria del Estado y de la sociedad. Pero esas excepciones no deben convertirse en el modelo permanente de organización económica y social.

En definitiva, una sociedad justa es aquella que protege la dignidad humana, garantiza la igualdad ante la ley, amplía las oportunidades de progreso y reconoce el mérito como principal mecanismo de movilidad social. Solo así es posible construir una comunidad de ciudadanos libres, responsables y capaces de generar prosperidad para sí mismos y para las generaciones futuras.

2.- Los Límites del Asistencialismo

La ayuda social es una expresión necesaria de solidaridad en cualquier sociedad organizada. Un Estado responsable debe proteger a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad y garantizar que ninguna persona quede abandonada frente a circunstancias que superan sus posibilidades individuales.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre la solidaridad temporal y el asistencialismo permanente. La primera busca ayudar a una persona a superar una dificultad circunstancial; la segunda convierte esa ayuda en una forma de dependencia duradera.

Cuando los programas sociales dejan de ser instrumentos para recuperar la autonomía y se transforman en mecanismos permanentes de control político, sus efectos terminan siendo contrarios al objetivo inicial. Una población que depende del Estado para satisfacer sus necesidades básicas pierde incentivos para desarrollar sus capacidades productivas y limita sus posibilidades de progreso independiente.

La historia demuestra que ningún país puede sostener indefinidamente el bienestar de sus ciudadanos únicamente mediante la distribución de recursos públicos. Primero debe existir una economía productiva capaz de generar riqueza, empleo e ingresos. Sin producción no hay verdadera prosperidad; solo existe una distribución temporal de recursos, que cada vez resultan más escasos.

El caso venezolano refleja claramente esta realidad. Durante años, una parte importante de la política pública se orientó hacia la distribución de beneficios financiados por los ingresos petroleros, mientras se debilitaban las bases productivas del país. Al reducirse la capacidad económica del Estado, millones de ciudadanos quedaron expuestos a una crisis profunda porque no se había fortalecido suficientemente su capacidad para generar ingresos propios.

Una sociedad justa debe combinar protección social con promoción de la autonomía. La ayuda debe ser una herramienta para superar obstáculos, no un sustituto permanente del esfuerzo, el trabajo y la responsabilidad individual.

En conclusión, el verdadero objetivo de la política social no debe ser crear ciudadanos dependientes del Estado, sino ciudadanos capaces de participar plenamente en la economía y en la vida nacional.

3.- Meritocracia: El Motor del Progreso

La meritocracia representa uno de los principios fundamentales de una sociedad abierta donde las personas deben tener la posibilidad de avanzar de acuerdo con su preparación, su esfuerzo, su talento y sus resultados. Una sociedad donde el mérito es reconocido, genera incentivos para estudiar, trabajar, innovar y asumir responsabilidades. Por el contrario, cuando los privilegios, las conexiones políticas o la lealtad al poder sustituyen al mérito, las instituciones pierden eficiencia y la ciudadanía pierde confianza en el sistema.

La meritocracia no significa ignorar las desigualdades de origen. Por el contrario, exige crear condiciones para que las circunstancias familiares, económicas o sociales no determinen completamente el futuro de una persona. Por eso la educación de calidad y la igualdad ante la ley son elementos indispensables para que el mérito pueda desarrollarse.

Venezuela experimentó, durante décadas, un deterioro progresivo de su cultura meritocrática y en muchos ámbitos, incluyendo instituciones fundamentales del Estado, tal como las Fuerzas Armadas, se fue debilitando la importancia de la preparación profesional, la experiencia y la capacidad, mientras crecían criterios basados en la afiliación familiar, política, el amiguismo y la lealtad personal.

Este fenómeno tuvo consecuencias profundas. Cuando una sociedad deja de premiar la competencia y la excelencia, disminuye la calidad de sus instituciones, se reduce la productividad y aumenta la emigración de personas preparadas que buscan lugares donde sus capacidades sean reconocidas. Una nación no puede construir su futuro si sus ciudadanos perciben que el esfuerzo no vale la pena o que el éxito depende más de los contactos que de su capacidad.

Recuperar la meritocracia implica reconstruir una cultura basada en la responsabilidad, la excelencia y la igualdad de oportunidades. Significa entender que el progreso colectivo surge cuando cada persona tiene la posibilidad de aportar lo mejor de sí misma y recibir una recompensa justa por su contribución. Una sociedad justa no elimina las diferencias producto del esfuerzo y del talento; elimina las barreras injustas que impiden que las personas puedan demostrarlo.

4.- Educación: La Verdadera Igualdad de Oportunidades

La educación es la herramienta más poderosa para construir una sociedad justa. Sin ella, la igualdad de oportunidades se convierte en una promesa vacía, porque el talento y el esfuerzo de las personas no pueden desarrollarse plenamente si carecen de los conocimientos y las habilidades necesarias.

Una sociedad que aspira al progreso debe garantizar una educación de calidad para todos sus ciudadanos, independientemente de su origen económico o social. La educación no debe limitarse a transmitir información; debe formar personas capaces de pensar críticamente, resolver problemas, adaptarse a los cambios y participar activamente en la economía y en la vida democrática.

La verdadera justicia social no consiste en igualar los resultados finales, sino en permitir que cada persona tenga las herramientas necesarias para competir y progresar según sus capacidades. Una educación deficiente perpetúa la pobreza; una educación de calidad abre caminos hacia la autonomía y la movilidad social.

El deterioro educativo sufrido por Venezuela durante las últimas décadas demuestra las consecuencias del abandono de este principio. La pérdida de calidad en escuelas y universidades, incluidas las escuelas militares, la migración de profesionales y la falta de incentivos para docentes y estudiantes, afectaron una de las bases fundamentales para la reconstrucción del país.

Recuperar la educación requiere valorar nuevamente el conocimiento, la excelencia y el esfuerzo. Los maestros deben ser reconocidos como actores esenciales del desarrollo nacional, y los estudiantes deben encontrar en el aprendizaje una vía real para mejorar sus condiciones de vida.

Una sociedad que educa a sus ciudadanos no necesita mantenerlos permanentemente mediante asistencia; les entrega las herramientas para construir su propio futuro.

5.- Trabajo, Estado y Solidaridad: Los Pilares de una Sociedad Libre

El progreso de una nación depende, en última instancia, de su capacidad para crear riqueza. El trabajo, el emprendimiento y la innovación son las fuentes fundamentales del desarrollo económico y del bienestar colectivo.

Antes de distribuir riqueza, una sociedad debe ser capaz de crearla. Ningún sistema de asistencia puede sostenerse indefinidamente si no existe una economía dinámica que genere empleos, inversiones y oportunidades. La prosperidad duradera nace de ciudadanos productivos y de instituciones que permitan transformar las ideas y el esfuerzo en resultados.

En este proceso, el Estado tiene una responsabilidad esencial, pero limitada. Su función no es sustituir a los ciudadanos ni controlar todos los aspectos de la economía, sino establecer las condiciones para que las personas puedan desarrollar sus capacidades con libertad y seguridad.

Un Estado eficiente debe garantizar justicia, seguridad, educación, salud pública, infraestructura y reglas claras. Debe proteger al ciudadano, no hacerlo dependiente. Cuando el poder público concentra demasiadas funciones económicas y sociales, aparecen la corrupción, el clientelismo y la pérdida de incentivos para producir.

La solidaridad, sin embargo, sigue siendo un valor indispensable. Una sociedad justa debe responder ante quienes enfrentan situaciones que superan sus capacidades individuales. Desastres naturales, enfermedades graves o tragedias colectivas requieren una respuesta del Estado, humana y organizada.

El terremoto ocurrido recientemente en el litoral central de Venezuela, que dejó miles de víctimas, desaparecidos y familias que perdieron sus hogares y medios de vida, recordó que existen momentos en los cuales la ayuda inmediata del Estado y de la sociedad es moralmente obligatoria e imprescindible.

Pero incluso en esas circunstancias, la ayuda debe tener como finalidad la recuperación de la autonomía de las personas. La reconstrucción no debe limitarse a entregar recursos temporales; debe permitir que las familias vuelvan a trabajar, producir y recuperar su independencia.

Una sociedad libre combina solidaridad con responsabilidad. Protege a quienes lo necesitan, pero también crea las condiciones para que cada ciudadano pueda convertirse en protagonista de su propio destino.

6.- Conclusión

Una sociedad justa no es aquella donde el Estado intenta resolver todas las necesidades de sus ciudadanos, sino aquella donde las personas tienen las oportunidades, las herramientas y la libertad necesarias para construir su propio futuro.

La justicia social no puede reducirse a la distribución de beneficios. Ella requiere instituciones sólidas, igualdad ante la ley, educación de calidad, reconocimiento del mérito y una economía capaz de generar riqueza y empleo. La experiencia venezolana demuestra los riesgos de sustituir la cultura del trabajo y la producción por una relación permanente de dependencia entre ciudadanos y Estado. Cuando se debilitan la meritocracia, las instituciones y la iniciativa individual, toda la sociedad pierde capacidad para progresar.

Esto no significa abandonar la solidaridad ni ignorar a quienes enfrentan dificultades reales. Una sociedad humana debe proteger a sus miembros más vulnerables, especialmente en momentos de crisis. Pero esa ayuda debe estar orientada a recuperar la dignidad y la autonomía, no a perpetuar la dependencia.

El verdadero desafío consiste en construir una sociedad democrática donde cada persona tenga la posibilidad de desarrollar su potencial, donde el esfuerzo sea reconocido y donde el progreso sea consecuencia del trabajo, la educación y la responsabilidad de todos.

Singapur demostró que es posible.

 

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