jueves, 14 de noviembre de 2019

MUANA ÏMAJANA. El Alma de la Sombra


De Jairo Bracho Palma
Ludwig Wittgenstein desarrolló en sus Investigaciones Filosóficas su tesis de los juegos del lenguaje (sprachspielen)[1]. Un juego de lenguaje es el “todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido”, es decir, en un intercambio entre dos o más individuos en una situación dada una frase en ella pronunciada representa una acción comparable a otra en un juego similar u otra situación pero que perdería todo su sentido fuera de éste. Por ello Hans Georg Gadamer agregó que “cada juego lingüístico es una unidad funcional que representa como tal una forma de vida. …”[2]. La forma de vida, en este contexto nos indica un modo de ser que Jairo Bracho nos presenta con Muana Ïmajana (El Alma de la Sombra). Digo presenta, porque a pesar de ser una representación nos muestra en un ángulo diferente el devenir de unos pueblos desde una perspectiva novedosa, es decir, desde la relación entre el ser y el no-ser que, siguiendo a Aristóteles, nos ubica en el plano de la divinidad. Una divinidad sepultada por olas de ‘racionalidad’ asumida superficialmente desde que nuestra europeización trajo consigo una modernidad medianamente asumida por esta relación antinómica. Pudiéramos decir que nuestro acercamiento a la nada mantuvo el paradigma inaugurado por San Buenaventura de Bagnoregio quien asoció la nada con la oscuridad absoluta en oposición a la luz cegadora que asocia con el ser.
Esta paradoja, que nuestros ancestros originarios resolvieron al asociar la nada con la divinidad, la mística cristiana con Meister Eckhart de Hochheim la resolvería haciendo lo propio asociando a Dios con la nada y lo observaremos posteriormente con los filósofos de la nada de la escuela de Kioto, en especial en Keiji Nishitani, siguiendo al maestro Eckhart, desde un enfoque budista en un esfuerzo por acercar a los japoneses a sus raíces metafísicas, nos coloca frente a los mismos problemas existenciales que los filósofos de la nada se plantearon para entender el nihilismo occidentalizado que cegó a la sociedad japonesa conduciéndola, en consecuencia, a la catástrofe.
Así pues, Bracho en esta obra nos ha invitado a entrar en un juego del lenguaje, el asunto es entender su entretejimiento y el significado de cada frase de acuerdo con el contexto dado, es decir, el autor con esta obra nos dice desde sus primeras líneas que no aprendemos el sentido de las palabras que utilizamos aprendiendo los conceptos que ellas definen sino a través de la práctica del lenguaje. Por ello fue que Wittgenstein expresó que un concepto (Begriff) es a su vez un significado que forma parte de una familia de significados (familie von Bedeutungen) y una regla que expresa un límite no trazado que indica un juego de lenguaje. Es este límite el que nos indica que es la práctica y no la dogmatización de la palabra las que nos va a decir, qué es y qué es lo que hay, porque de lo contrario quedará vacía de significado desde una perspectiva intencional. De igual forma, cuando pronunciamos una palabra, esta debe estar en consonancia con el juego que se está realizando debido a que su disonancia nos coloca frente a un vacío donde la nada entendida en principio como una forma de equilibrio cósmico pierde su naturaleza pudiendo abrir la puerta a la ocurrencia de calamidades. Este marco referencia nos coloca ahora en la necesidad de explicar el juego realizado por Bracho y a qué conduce.
Como el título expresa, Bracho nos coloca en un horizonte indeterminado por el hecho de que ubica su texto en la vivencia de unos actores que forman parte de unas civilizaciones que han resistido los embates del tiempo. Nos referimos a las ubicadas esencialmente al sur del rio Orinoco. Bracho, en este sentido, yendo más allá de los estudios antropológicos que apuntan a explicar la conexión entre la vida y la muerte y de los seres naturales y sobrenaturales, ha indicado la conexión entre un mundo y el otro para describir qué es lo que hay, es decir, esa realidad o su realidad. No sólo de la forma como se hace sino del papel que juegan las palabras como vehículo de conexión.
La palabra, en este sentido, es el vehículo que conecta el espíritu de los sabios (chamanes) con los espíritus del más allá. Es un modo de actuar que implica, según Viveiros de Castro, un modo de conocer, o, dicho de otra manera, un cierto ideal de conocimiento. Conocer para ellos es personificar, esto es tomar el punto de vista de aquello que debe ser conocido. Ahora, conocer verdaderamente es, para ellos, lograr atribuir la interpretación de una observación de forma acertada y proporcional a un estado acontecimental o a predicado intencionales de algún agente. Por otra parte, un ente o un estado de cosas que no se presta a la determinación de una relación social con aquellos que conoce son insignificantes chamanísticamente, es decir, no dignos de ser conocidas[3].
La palabra, en consecuencia, posee para nuestros ancestros originarios, siguiendo a Bracho, componentes divinos debido a que, además de la conexión entre los dos mundos, como observaran en expresiones como “en la selva los objetos y los eventos comienzan a existir cuando se les nombra con fuerza espiritual…”, tendrán caracteres proféticos. Por este motivo ellos, los individuos que conforman esas comunidades hablaban y hablan poco ya que los sabios eran los únicos que podían lograr que el uso de la palabra produjera el efecto a que está destinada. Con estas palabras pronunciadas por las personas preparadas se podía “detener el tiempo y el río, petrificar los arboles” para lograr algo que fuese de beneficio para el grupo. A estos sabios (chamanes, piaches) se les denomina, según el autor, “gobernador o dueño de las palabras” puesto que con ellas, dichas adecuadamente, se aseguraba el mantenimiento del orden existente desde todos los puntos de vista. Por el contrario existen otros individuos que denominan “saco de palabras”, es decir, palabras vacías de contenido que denominan “La sombra de las Palabras” que podían ser perjudiciales cuando eran pronunciadas de forma inadecuada. Pudiéramos decir, que el chamán podía desenvolverse en el vacío y la nada, mientras que los no iniciados que intentaban hacerlo podían desatar fenómenos que perturbasen el orden existente porque las palabras podían disfrazar las verdaderas intenciones de quienes la pronunciaban. Es algo que Wittgenstein nos dirá de una manera diferente, es decir,
“El lenguaje disfraza el pensamiento. Y de un modo tal,…, que de la forma externa al ropaje no puede deducirse la forma del pensamiento disfrazado; porque la forma externa del ropaje está construido de cara a objetivos totalmente distintos que el de permitir reconocer la forma del cuerpo”.

Por el contrario, siguiendo a Bracho, los “dueños de la palabra” tienen la capacidad de estar más allá, de conectarse mediante ritos específicos con lo ‘absoluto’, es decir, con el vacío que ellos entienden que está referido a la nada, es decir, es un no-lugar donde el tiempo carece de linealidad y pueden estar hablándonos en pasado, presente o futuro en una misma narrativa. Eso lo denominan Matakabi y es algo que puede ser entendido como experiencia absoluta. Este poder del sabio hacía que en muchas oportunidades sus funciones se confundieran con las del cacique o jefe del pueblo debido a su posibilidad de conectarse con el más allá, es decir, con la nada y ayudar a su comunidad.
Para Bracho el espacio, Matakabi, como ya hemos asomado, es una nada que conecta el abismo de lo mundano con lo extramundano que permite dotar de conocimiento y de fin a sus comunidades. Dicho, de otra manera es la imaginación llevada a concepto. Estos nos permite indicar dos cosas: en primer lugar, en él “prevalece un ser superior a ellos” que nos permite también hablar de un Uno que se expresa en lo múltiple. Esto se sintetiza en la expresión brachoana: “es fatal que un hombre crea ser centro y ánima de todo lo que le hace Ser y Hacer”.  En esa nada, el chamán viaja en un vehículo “que lo desplaza por los canales de energías que gobiernan la selva” que expresan el vacío, pudiendo acceder al conocimiento (“saber la selva” o “saber la noche”) para bien de su comunidad. En segundo lugar, los conceptos producidos por los ancestros en esta fase primigenia eran conceptos intuitivos que producían a su vez un proceso racional provocado por una fase deliberativa que se producía de forma grupal que hoy en día se denomina epistemología social.
El aspecto más importante a destacar en función de lo antes indicado es que en la cultura o culturas originarias o ancestrales se asocia la nada con algo que podría denominarse como espacio absoluto donde el tiempo no existe de manera lineal, por lo que no se hace necesario contar las horas ni atesorar el tiempo a no ser que sea en situaciones acontecimentales tanto desde la perspectiva individual como del grupo como un todo. Así pues, tenemos la nada, el tiempo y el acontecimiento. Los sabios, siguiendo a Bracho, por una parte, entraban en la nada, es decir, en el espacio sagrado que ocupa la enormidad de la creación, donde “los caminos que conducen a los descarnados, los espíritus, los dioses y los demonios quedan abiertos, no hay paredes, pueden verse unos a otros y escuchar” para buscar respuestas ante una situación problemática y, por la otra, dialogaban con la nada, es decir, con el Uno para visitar el pasado y el futuro y obtener respuestas frente a acontecimientos que pudiesen afectar negativamente a la comunidad.
El tiempo (Kopodonari) es la medida del acontecimiento, es decir, es el que permite hacer indicaciones como “Hace doscientas apariciones de las Pléyades” o “trece entrada de lluvias”. Aquí se funda la linealidad y la medida. La duración se expresa en el acontecimiento. El acontecimiento es la alteración de la dinámica, digamos temporal, de la comunidad y se expresa en nacimientos, muertes y/o calamidades. Los nacimientos y las muertes obedecen a un ciclo vital que cada ser debe cumplir en vida para poder dar paso a otra forma de existencia después que se muere. Según Bracho sólo pueden regresar, mediante rituales adecuados, aquellos que fueron grandes chamanes o grandes héroes y sólo para dar consejos. Una calamidad ocurre cuando se altera la dinámica espiritual de una comunidad que se puede expresar mediante la alteración o incumplimiento de un rito o mediante la ruptura del equilibrio del mundo por una palabra mal dicha. Así por ejemplo, en el relato de Bracho se expresa
“Cuando amanezca la selva con un hombre que afirme que todo le es dado y atado a sus pies, e imponga a todos su sola egoísta voluntad, y éstos mansamente lo permitan, los días de los espíritus de la selva, de las ánimas de los bosques, y de los dioses que gobiernan la vida, se habrán ido”.

Esta afirmación que se contrapone al acontecimiento que representará el fin de los tiempos para la cultura judaica o el evangelio de San Juan nos indica dos cosas: la primera que en el mundo de nuestros ancestros la nada es la expresión del todo y es en la vida donde se manifiesta lo natural (el todo) explicado de forma física y metafísica. La segunda es que la relación imposición y mansedumbre generan una perdida que se expresa en el plano del espíritu. La naturaleza de esta pérdida espiritual se ubica en el plano de la inmanencia y la trascendencia. La inmanencia entendida como la propiedad que está en el todo y determina que acaezca y permanezca una determinada realidad. Y la trascendencia, por su parte, está relacionada con la superación constante de la realidad manteniendo el mismo estado. Trascender es perseverar en la propia existencia. La existencia del todo expresa la inmanencia. Trascender es ir más allá de esa existencia. Ir más allá es evitar que la existencia se agote a sí misma. Este más allá entonces se entiende como la consideración de un conjunto de posibilidades en el ser y el conocer que se agotan cuando se impone y se acepta algo generando la pérdida antes mencionada. A esto es lo que conduce el relato de Bracho y es lo que nos cuenta con palabras desocultadas que pueden ser vistas como metáforas.  
Ahora bien este juego del lenguaje lo realiza Bracho de una manera especialmente creativa. El autor viajó de lo universal a lo particular y de lo particular a lo universal y la mediación mediante el juego con las palabras de nuestros ancestros originarios en sus lenguas nativas buscando con ello su universalización mediante la apertura de lo ente, es decir, mostrando o desocultando la vivencia representada. Esto fue lo que Heidegger llamó crear, es decir, un modo de traer, que se expresa más bien en un modo de “recibir y tomar dentro de la relación con el desocultamiento...”[4], que es para nosotros, en medio de la tormenta que estamos viviendo, una especie de nombrar por primera vez permitiendo con ello, por una parte, “acceder lo ente a la palabra y la manifestación” y, por la otra, crear las condiciones de posibilidad de entender nuestra actualidad desde una especie de antropología filosófica presentada en forma de narrativa. Por ello Heidegger nos dirá que
“Para ver esto sólo es necesario comprender correctamente el concepto de lenguaje. El lenguaje no es sólo ni en primer lugar una expresión verbal y escrita de lo que ha de ser comunicado. El lenguaje no se limita a conducir hacia delante en palabras y frases lo revelado y lo oculto, eso que se ha querido decir: el lenguaje es el primero que consigue llevar a decir lo abierto a lo ente en tanto que ente”.

El juego de palabras usado por Bracho en Muana Ïmajana conlleva entonces la creación en un amplio sentido y la significación que le da es el puente entre el sujeto de la obra y lo que para él es relevante o útil, es decir, abrir a la comprensión lo que Wittgenstein indicó que estaba detrás de las palabras, palabras que han llegado a nosotros como sacos o no y nos podrían permitir comprender lo oculto en esos lenguajes ancestrales que aún viven con nosotros de alguna u otra manera.
Así pues, con esta obra Muana Ïmajana, Bracho nos hace una advertencia: la pérdida del espíritu de la trascendencia se produjo cuando las palabras fueron vaciadas de divinidad. Esto fue lo que condujo a la casi desaparición de nuestros ancestros. Eso es lo que estamos viviendo en el presente. De ahí la importancia de esta obra y mi invitación a participar en los juegos de lenguaje que hay en todo su derrotero




[1] Ver al respecto: WITTGENSTEIN, L. (2004). Investigaciones Filosóficas. Edición bilingüe (3ª ed.) (T. A. García y U. Moulines). Barcelona: Editorial Crítica. 559 p.
[2] Ver al respecto: GADAMER, H. (2004) Verdad y Método. (6ª ed.). Salamanca. (T. M. Olasagasti). Ediciones Sígueme. 429 p.
[3] VIVEIROS DE CASTRO, E. (2002). A Inconstância da Alma Selvagem. São Paulo. Cosac Naify. 549 p.
[4] Ver al respecto: HEIDEGGER, M. (1996). El Origen de la Obra de Arte. Versión española de Helena Cortés y Arturo Leyte en: Heidegger, Martín, Caminos de bosque. Madrid, Alianza Editorial. 62 p.

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