sábado, 1 de febrero de 2014

EL DUENDE VERDE Y LA FRAGATA “GENERAL SOUBLETTE”


 


En “Historia Naval en Imágenes”[1] hay un excelente relato del Contralmirante Jorge Bustamante Cáceres relacionado con un incidente ocurrido a bordo de la Fragata “General Soublette” F-24 en el año 1989 que tuvo que ver con la desaparición de un marinero en una navegación nocturna desde el Apostadero Naval de Turiamo hasta el Puerto de la Guaira. En ese relato, el Contralmirante, a la sazón comandante de la fragata, explica cómo fue el proceso de investigación y el resultado final de la misma. Como se explica en ese relato, realizado seguramente con el espíritu de enseñar y mostrar las experiencias de las cosas de a bordo, tanto el Comandante como la tripulación del buque fue exculpada y librada de toda responsabilidad por la citada desaparición. Por supuesto, este relato trajo de nuevo a mi memoria no el proceso de investigación en sí que sumió al buque en una atmosfera enrarecida característica de vivir algo que no tiene una explicación racional o al menos convencional que permita a uno seguir la vida con todos sus avatares, sino lo que no se ha podido explicar convencionalmente por estar más allá de su carácter exo-teórico…

 

La historia de la desaparición del citado marinero cuyo nombre no recuerdo y gracias a la desmemoria se puede identificar con otros casos ocurridos en otros momentos y en otros buques en Venezuela y en el mundo, comenzó un domingo de marzo del año 1989 en momentos en que el país se estaba comenzando a recuperar de la conmoción que representó el caracazo, una explosión popular que en el fragor del caos, la muerte y la desolación se intentó darle una finalidad revolucionaria. Ese domingo de marzo recibí la jefatura de la guardia a las 0800 hrs., con un grave problema de disciplina a bordo que no pudo ser resuelto por mi antecesor. Cuando me avoco a resolver el problema me encuentro con que cinco marineros de la división de armamentos y un marinero de la división de ingeniería estaban protagonizando un brote de indisciplina que pudo haber tenido graves consecuencias si no hubiese sido atacado a tiempo. En ese entonces pensé en el “Potenkim” y en el “Bounty” porque el problema social que se hizo visible en el país con el Caracazo junto con un brote de indisciplina en un buque podría tener consecuencias imponderables. La ventaja, en ese entonces, fue que conté con el hecho que la situación había generado molestias al resto de la tripulación y aproveche ese hecho para recuperar la rutinaria tranquilidad de un domingo de guardia en puerto.

 

Para la solución del problema se me ocurrió una figura policial con los marineros más molestos por los actos de indisciplina. Esta figura consistía en investirlo de una autoritas para neutralizar a los insubordinados en caso de que escalaran en sus actos de desorden mediante la dotación de un cinturón, un rólo y unas instrucciones dadas frente al resto de la tripulación en formación. Mi objeto en ese momento era quebrar a los insubordinados psicológicamente con la esperanza de no llegar a concretar actos violentos, por ello hice gala del formalismo afín de lograr un efecto intimidatorio usando al respecto a los más dispuestos a devolver el perjuicio causado. Los insubordinados fueron llevados muy persuasivamente a la cubierta de vuelo del buque como a las 1000 hrs. para que el inclemente sol de marzo en Puerto Cabello los ayudara a entrar en razón. A las 1230 hrs fueron llevados escoltados a comer en la cámara de marinería después que lo hizo la tripulación y fueron llevados de nuevo a la cubierta de vuelo una vez reposada la comida como a las 1400 hrs. A las 1630 hrs había logrado mi objetivo, los cinco marineros de armamento desistieron de su actitud y reconocieron su error. El de ingeniería tuvo que esperar media hora más.

 

Luego de los interrogatorios iniciales y los correspondientes reportes no encontré relación aparente entre la situación social que vivía en ese momento el país y la actitud de los marineros. El caso del marinero de ingeniería fue diferente. Si bien no estaba en un sentido relacionado con los hechos que había vivido el país en fecha reciente, en otro sentido si lo estaba. Cuando lo increpé sobre qué lo había llevado a esa actitud me dijo que un Duende Verde le había dicho que si se hacía 100 cortadas en el cuello con una hojilla iba a aparecer su papa. Le creí porque ciertamente tenía unas heridas leves de hojilla en la parte izquierda del cuello. Y le pregunté: ¿Dónde está tu papá? Y me respondió: está muerto. Ahí le respondí algo así como, bueno lamento lo ocurrido con tu papá, pero te aseguro que si vuelves a repetir el acto ese de cortarte antes de ver a tu papá vas a recibir unos cuantos rolazos. El marinero se quedó tranquilo y suficientemente intimidado por el resto de la guardia, pero en extremo vigilado.

 

Al día siguiente, luego de los reportes realizados, el comando del buque tomó las medidas disciplinarias correspondientes con los marineros de armamento. El caso del marinero de ingeniería era más complicado. Habíamos imaginado que había un asunto de drogas, pero en ese momento no se consiguieron pruebas. Se necesitaba un diagnóstico médico y éste sólo podría darlo un psiquiatra. La búsqueda del psiquiatra se hizo desesperada cuando el mando superior dio la orden al buque para realizar un patrullaje a partir del miércoles siguiente luego de finalizar unas reparaciones pendientes. A las 1800 hrs del día miércoles la fragata “General Soublette” zarpó a Turiamo con el marinero a bordo. ¿Por qué no se dejó en la base naval? En ese entonces no existían los procedimientos para atender un problema de esa naturaleza aún a pesar de que con los reportes realizados se había puesto al comando superior en cuenta de la situación planteada. La fragata estuvo embarcando combustible más o menos hasta las 2230 hrs. e inmediatamente se realizaron los preparativos de zarpe que por razones que no recuerdo se retardó alrededor de una hora. En ese período se vio al marinero ejecutando actividades correspondientes a las órdenes emanadas de sus superiores sin ningún inconveniente y con la vigilancia de sus compañeros de división.

 

El buque por fin zarpó y enfiló hacia La Guaira alrededor de la 0030 hrs. Más o menos a esa hora se reportó que el marinero de las cien cortadas había desaparecido. En ese momento se iniciaron los procedimientos de “hombre al agua” y se comenzó a buscar en todos los rincones del buque al citado desaparecido. Así estuvimos hasta el crepúsculo matutino y gran parte de ese día. En ese momento se pensó que si el marinero se había lanzado al agua y se había ahogado tendríamos que esperar aproximadamente 72 horas hasta que el cuerpo saliera a la superficie y por efectos de la descomposición fuese seguidamente tragado por la inmensidad del mar océano. Así pues, el Comandante decidió luego de consultar al mando superior retornar a puerto al día siguiente y esperar al menos 48 horas. En la noche antes de llegar, ya con el ambiente enrarecido, el Comandante ofreció 15 días de permiso a quién lograse encontrar al desaparecido, pero tratando de evitar que la tripulación se sugestionara por el acontecimiento usando como estrategia el mantenimiento de la rutina de las operaciones. Este esfuerzo fue en vano. En un buque hay un campo muy fértil para la superstición, sobre todo cuando la tripulación se enfrenta a algo desconocido ¿Cómo puede desaparecer un hombre sometido a una estrecha vigilancia? De ahí, hubo quienes comenzaron a buscar caracoles y otras piedras marinas que el imaginario marinero asociaba con la aparición de una nube de mala suerte que se había posado encima del buque. Este fue el paso previo para la aparición de fenómenos inexplicables.

 

Masson expresó en una oportunidad que un buque en navegación, en especial de noche, es lo más parecido a un hospital debido a que junto al silencio, sonorizado por el regular sonido de las máquinas, impera una soledad impregnada de una penumbra que en los buques de guerra está representada por las luces rojas que indican, junto con el grado de estanqueidad establecido, una condición que permite seguir operando en normales condiciones. En las fragatas clase “Mariscal Sucre” y, en general, todas las fragatas de la clase “Lupo”, en la cubierta 1, hay un pasillo que va del sollado N° 1 en proa al sollado N° 5 en popa. En este pasillo se encuentran, de proa a popa, pañoles de municiones, parque de armas, central de seguridad, cámara de marinería, cocina, panadería, taller del helicóptero, entre otras cosas. De noche, este pasillo de penumbras rojas sólo estaba cortado por las luces claras de la central de seguridad. La central de seguridad es el centro nervioso para el control de las averías en el buque en caso de emergencias. Este es el mejor lugar para hacer guardia en puerto en los momentos de descanso.

 

Así pues, la esperanza de un premio y el cansancio de la búsqueda del desaparecido mezclado con el cansancio de cumplir la rutina de un buque en navegación abrió una puerta entre el consciente de la rutina con el subconsciente de la desaparición que hizo a un tripulante ver por el rabillo del ojo entre la penumbra de tenues rojos, en una guardia de burro, un centellazo de color verde que de popa se dirigió a proa haciendo que los recorridas salieran velozmente al sollado N° 1 para dar con el desaparecido. Se había materializado el Duende Verde. El Duende Verde comenzó a ser observado por varios tripulantes hasta que el buque nuevamente salió después de las 48 horas para tratar de localizar un cuerpo flotando en las aguas del Golfo Triste. Sabíamos que había sido visto el nuevo pasajero porque en las horas pesadas de guardia comenzamos a ver a tripulantes corriendo de proa a popa y de quilla a perilla tratando de llegar o al menos dar cuenta del desaparecido.

 

Con una junta investigadora de accidentes a bordo, la fragata “General Soublette” zarpó nuevamente para tratar de encontrar al desaparecido. Luego de 48 horas más de búsqueda sin encontrar rastros de nada regresamos a puerto. En puerto la investigación iniciaría una nueva etapa. Para nosotros la preocupación fue la reacción que iba a tener la madre del desaparecido cuando se le comunicara la infausta noticia. Nos imaginábamos gritos de dolor, rabia, desesperación por la gravedad de la perdida. Nos imaginábamos demanda, tribunales, juicios donde tendríamos que dar respuesta, de una u otra manera a algo inexplicable. ¿Cómo decir que ese marinero un Duende Verde le había anunciado algo que lo pudo haber empujado a hacer algo impensable? Por supuesto, la señora madre hizo acto de presencia abordo. Fue atendida por el Comandante, y los oficiales nos agrupamos entre la cámara contigua y el pasillo del Comandante para tratar de saber cuál iba a ser la respuesta de la progenitora del desaparecido, pero de una manera en que no fuésemos señalados, ni acusados, ni marcados por unos ojos que destilaran odio. La actitud de la madre nos dejó estupefactos. No pasó lo que esperábamos. Lo que recuerdo es que la mamá se alegró de que hubiese desaparecido. No hubo llanto, no hubo reclamos, no hubo nada. Este hecho que nos debería haber generado certezas no sólo no lo hizo, más bien espesó la niebla que envolvía el acontecimiento de la desaparición.

 

Después de ese episodio desconcertante con la madre del desaparecido, varios tripulantes trataron de indagar acerca de su origen a fin de obtener respuestas acerca de la inusitada situación. El primer hecho revelado fue que había obtenido una medalla en natación en la Escuela de Grumetes. Este hecho hacía conjeturar que el marinero pudo haber nadado, si se lanzó al agua, y seguir por tierra hasta la población más cercana. También se pensó que pudo haberse quedado en Turiamo con la complicidad de otros marineros. Eso al final nunca se supo… Lo que llegó a nuestros oídos, después de olas de información fragmentaria y confusa, fue que el marinero desaparecido había sido jefe de una banda que ante la amenaza de muerte optó por esconderse en la Armada de Venezuela. Esta maniobra le sirvió hasta que sus contrincantes dieron con el paradero de su hermana. Cuando el marinero desaparecido se enteró que su hermana estaba en peligro fue a protegerla. Lo último que se llegó a saber del marinero fue que, al parecer, murió en un enfrentamiento armado. Su historia termino allí. La Armada cerró el caso. Pero las sospechas de drogas, la inoperatividad del buque, los intentos de suicidio y las apariciones del Duende Verde cada vez que se presentaron hechos irregulares, marcaron la vida de la fragata por bastante tiempo.

 

La evidencia de los problemas de drogas se hizo patente unos meses después cuando en una navegación de rutina se descubrió a cuatro marineros temblando de frío e inusualmente abrigados en la sala de generadores de proa con una temperatura de 56° C. La experiencia del desaparecido hizo que se hicieran exhaustivas averiguaciones y con la tensión creada reapareció el Duende Verde. Quizás estaba tratando de anunciar algo. Probablemente era un mensajero que estaba mostrando algo así como zeitgeist del buque... del país, es decir, una forma de sentimiento colectivo que en un contexto determinado, intuía que algo estaba mal y no atinaba a saber qué. Los resultados arrojaron positivamente la existencia de una red de tráfico de drogas que afectó a nueve tripulantes del buque y a otros marineros destacados en la base naval de Puerto Cabello. Los enfermos fueron dados de baja con indicación de tratamiento médico.

 

En relación con los intentos de suicidio que motivaron la aparición del Verde mensajero me recuerdo de dos. Es conveniente advertir que no se concretaron, pero el contexto en que sucedieron esos hechos indicaba que el sentimiento colectivo de la tripulación todavía percibía algo que no estaba bien afectando, en consecuencia, a individualidades de la propia tripulación. El primer caso ocurrió un viernes en La Guaira un mes después del caso de los friolentos a 56° C. Una mamá decidida a no perder a su hijo se presentó a bordo para hablar con el segundo Comandante. Luego de una larga conversación el oficial ejecutivo convocó a los oficiales a la Cámara y nos informó que la señora X había venido a nuestro buque pidiendo ayuda porque a su hijo le habían detectado VIH + en un examen y quería evitar que se suicidara. Para perplejidad de los oficiales la señora nos contó que su hijo era un drogadicto y para alejarlo de las drogas lo había llevado a un lugar de recuperación que exigía una prueba de VIH. La prueba según el parecer de la madre no se hizo con la rigurosidad que se exigía y aspiraba a que la ayudáramos a realizar otra prueba para evitar un fatal desenlace... Ante nuestro asombro nos contó, además, que su hijo robaba para comprar drogas y en el último intento de procurarse insumos para alimentar su enfermedad había sido herido de bala en un tobillo.

 

En los oficiales la perplejidad y el asombro del nuevo acontecimiento estuvo acompañada de una sensación de escalofríos debido a que el VIH era una enfermedad de la que, en ese entonces, había muy poca información y el marinero presuntamente contaminado había sido, por propia iniciativa, camarero de oficiales. En una fulgurante jugada de la memoria comenzamos a visualizar los platos, las tazas de café, los cubiertos, las servilletas y las comidas servidas por el enfermo, seguidas de una comezón que azotó varias veces todos nuestros cuerpos. Con esta antesala de sensaciones y sentimientos, el marinero fue llevado al hospital, se le hizo el nuevo examen, pero había que esperar hasta el lunes siguiente. Se mantuvo en vigilancia y bajo los efectos de sedantes. El lunes siguiente los resultados fueron negativos. La habitación desbordó de alegría. Para esa familia fue justamente el momento inicial de un nuevo comienzo! Con lágrimas en los ojos salí de la habitación y no los vi más nunca! Hay que decir que todos estos marineros afectados por el problema de las drogas fueron buenos tripulantes. Jóvenes que se esforzaron para ayudar a mantener el buque en condiciones de operatividad en un contexto creciente de carencia de recursos. Esta carencia hizo que el buque entrara en la condición de inoperatividad en varias oportunidades a pesar de los denodados esfuerzos del Comandante y su tripulación. La más grave de las fallas presentadas fue una que ya había ocurrido en el año 1983 en el sistema que regulaba el comando de las hélices del buque para aumentar o disminuir la velocidad que ameritó que técnicos italianos instalaran una nueva pieza en los meses subsiguientes. Es de decir también que uno de los técnicos murió en un trágico accidente automovilístico. Una vez que el buque pasó nuevamente a la condición de operatividad cumplimos una serie de actividades operativas nacionales e internacionales. En julio del año 1990 se presentó el otro intento de suicidio y con él el Duende Verde. En esta oportunidad la tripulación estaba más atenta, con lo cual se pueden imaginar que se habían hecho grandes esfuerzos para salir de la mala racha. 

 

La fragata “General Soublette” junto con la fragata “General Urdaneta” fueron destacadas al Golfo de Paria motivado a una crisis política que había afectado al  gobierno de Trinidad y Tobago produciendo desordenes graves en su capital Puerto España. Dada la emergencia, nuestro buque zarpó sólo con un tercio de la marinería lo que supuso una importante recarga de funciones para todos aquellos que pudimos embarcar a tiempo. La misión de los buques no estaba clara puesto que se enmarcaba en lo que se conoce como diplomacia naval. El golfo de Paria está compuesto por un espacio de agua rodeado de tierra y selva tropical por todas partes menos por la boca de Dragones y la boca de Serpientes. Sus aguas son generalmente de un color diferente porque por allí desembocan los ríos San Juan, Guanipa y parte del Orinoco por lo que la sensación de selva y agua y la existencia de buques abandonados en la cercanía de las costas producen un efecto en la psiquis que genera mucha inquietud. Quizás es uno de los síntomas del mal de la selva a que se refiere Rómulo Gallegos en Canaima. El primer lugar a donde arribó Cristóbal Colón fue allí, específicamente Macuro por lo que ese espacio, con la excepción de los núcleos urbanos representados por Güiria y Puerto España y por el terminal de transbordo de mineral de Puerto Hierro, está caracterizado por una soledad interrumpida por la existencia de unas comunidades indígenas Warao que convierten al lugar en un sitio exótico y enigmático.   

 

Unos meses antes de la crisis de Trinidad habíamos estado en el Golfo de Paria con miembros de la comisión de defensa de la cámara de Diputados. En esa oportunidad se me ocurrió en una hora de instrucción explicarle a mi grupo de guardia de la importancia del lugar, por el viaje de Colón, y les comencé a explicar la precariedad de la navegación y de las penalidades que pasaron esos marinos españoles para imponer un idioma y una cultura a la región, y terminé mezclando esa historia con cuentos de serpientes y dragones en alusión a los nombres de las bocas del Golfo. Por supuesto que los marineros no creyeron la broma que intentaba hacerle, pero al señalarles como evidencia los restos de buques que aún se asomaban a flor de dichas aguas los rostros de los marineros se contrajeron asumiendo una actitud defensiva hasta que uno de ellos afirmó que su abuela le había dicho que en el Orinoco, frente a ciudad Bolívar, salían serpientes que se tragaban a las pescadores que navegaban incautos por esas aguas. Al final les dije que era una broma, pero la característica del área en un contexto de tensión política como la que vivimos en ese julio de 1990 puede abrir, como en efecto ocurrió, la puerta que separa el consciente y el inconsciente provocando un temor pánico y, por consiguiente, la presencia paranormal de entidades como el Duende Verde.

 

Como a los cuatro días de iniciada la misión fue completada la tripulación gracias al arribo de un transporte de la clase “Capana”.  El peor escenario que manejamos los oficiales del buque fue el de evacuar al personal diplomático venezolano destacado en ese país. En esa situación de incertidumbre y tensión duramos alrededor de dos semanas y ello produjo la primera y única baja a bordo. Un marinero abandonó su puesto de trabajo se dirigió a la cubierta de popa e intentó lanzarse al agua. No logró hacerlo porque unos compañeros lo detuvieron en el último momento y a la fuerza lo llevaron a la enfermería. Una vez estabilizado desembarcado en helicóptero. No supimos más de él.

 

Después de que finalizó la misión regresamos a Puerto Cabello. Dejé de ser por mi propia voluntad tripulante de la fragata “General Soublette” en agosto de 1990. El Comandante ofreció la posibilidad de ser jefe de división, pero decidí abrirme a nuevos horizontes. Luego que pasó bastante agua bajo el arco de mi vida, en el año 1998 hablando con un ex Segundo Comandante sobre algunas anécdotas vividas a bordo de la fragata salió a relucir la historia del Duende Verde y me comentó que todavía, en ese entonces, seguía siendo visto en el buque. Algunos años después, en el año 2005 en Cumaná, durante un ejercicio de exploración para la instrumentación de tácticas asimétricas tuve el placer de abordar la fragata de nuevo. Su Comandante había sido uno de los compañeros que compartió conmigo vivencias a bordo y por supuesto salió otra vez la historia del Duende Verde y por supuesto me indicó que todavía hacía sus apariciones en el buque. La pregunta que surge ahora es por qué y qué es el Duende Verde. Hemos dicho que es algo así como un mensajero que manifiesta algo que es inexplicable, que no es aprehensible por la razón. Pienso que el Duende Verde es expresión de un estado de ánimo singular y colectivo que evidencia que algo no está funcionando bien y socava las bases de las creencias que sustentan un obrar determinado. En ese entonces, los problemas del país se manifestaron a bordo con igual dureza. Hasta el año 1989 los venezolanos vivimos una gran ficción y el caracazo nos dijo más o menos cuál era la realidad. A bordo, la necesidad de mantener el buque operando y operar a su vez nos apartó de la realidad y ante esas circunstancias apareció el mensajero desde el lugar oscuro donde se asienta la ficción para decirnos a cuenta gotas qué era lo real.

 

El proceso de retorno de lo ficticio a lo real en la fragata se produjo de forma progresiva a pesar de los sobresaltos vividos en esos dos años. Fue posible gracias al espíritu de solidaridad y cooperación que se comenzó a gestar dentro de la tripulación que se convirtió en una forma inmanente de conciencia que se hizo colectiva y por ello trascendente. Por ello, después de los sucesos vividos hasta el año 1990, las futuras apariciones se debieron a un estado de alerta indicado por esta conciencia cuando se producía una fractura en la solidaridad y la cooperación generando comportamientos errados. Gracias a ello haber visto a la fragata navegando en el año 2005 me indicó que en el devenir se dieron los golpes de timón necesarios para que la consciencia colectiva representada por todos los marinos que tripularon ese buque permitiera que el mismo siguiera navegando con limitaciones aún en el año 2014, pero dentro de un contexto de solidaridad y cooperación.

 

Así pues, la solidaridad y la cooperación son los medios que prolongan una existencia. Estos dos valores constituyen lo real y la conciencia de la fuerza y la apropiación de estos valores son los que permiten la composición de una comunidad trascendente. 

 

Para finalizar podríamos decir que la tragedia que hizo que apareciera el Duende Verde a bordo permitió que la fragata “General Soublette” cobrara vida a través de una forma de consciencia colectiva, para el bien del país que ha necesitado de sus servicios. Falta que en el país opere esa misma forma de consciencia colectiva a fin de que se corrija el rumbo actual y evitar así que la realidad desborde la ficción en perjuicio de todos.



[1] “Historia Naval en Imagines” en lugar en internet (en Facebook) donde se puede tener acceso a información acerca de la historia naval de Venezuela, testimonios de protagonistas, libros sobre temas navales y estudios sobre estrategia, geopolítica y geoestrategia.